ENTRE LAS sorprendentes revelaciones que el presidente francés François Mitterrand hizo al final de su vida, una me llamó siempre la atención. «Me faltó una guerra», confesó lúcida, terriblemente. Para haber llegado a ser un gran estadista, le faltaron las decisiones que hay que tomar en un estado de guerra. No la deseó ni se le pasó por la cabeza provocarla, pero echaba de menos una situación bélica para demostrar su capacidad, para que su genio de gobernante se revelara también frente a la adversidad. El general De Gaulle, cuya figura obsesionaba a Mitterrand, tuvo logros en guerras: supo infundir moral a Francia, un país humillado en la Segunda Guerra Mundial, y evitó la guerra de Argelia. Mitterrand lamentaba no haber pasado a la historia por la grandeza en el manejo de una gran contienda. En cambio, George W. Bush no perdió tiempo, desencadenó, libró y ganó su propia guerra, la de Irak, ya a mediados de su primer mandato. Para unos el objetivo habrá sido neutralizar a Sadam Huseín; para otros, controlar los mayores yacimientos de petróleo conocidos. No se sabe hoy por hoy si las derivaciones de esta guerra de Irak van a arrastrar a Bush al fondo de la historia o a engrandecerlo. En realidad, él creyó que iba a ser un paseo militar, pero se convirtió en un punto de ignición del planeta, derivando al día de hoy en combates diarios en las calles de Bagdad y atentados sangrientos y cotidianos en todo el país. Además, está inconclusa. Falta rematar el actual proceso a Sadam, acusado de genocidios de kurdos y chiíes. Bush sólo se alzaría con la victoria final si logra dar con el inasible Bin Laden que se mofa del mundo con sus comunicados desafiantes. Descubrirlo y detenerlo constituiría el golpe de gracia soñado que allanaría su camino a la Casa Blanca el martes 2 noviembre, su apuesta principal. Pero el resultado se le presenta incierto. La mitad de los electores de los Estados Unidos se inclina ya por el candidato John Kerry, lo que los demócratas acogen un ¡hurra!; pero la otra mitad sigue apoyando erre que erre a George W. Bush. La línea de demarcación entre los sondeos de uno y otro es capilar. Se hace un recuento minucioso de las ventajas de ambos. Por ejemplo, la presentación del senador John Edwards, de 51 años, como flamante candidato a la vicepresidencia del brazo de Kerry parece un tanto a favor de los demócratas. Las dos Américas frente a frente. Es primitivo decir que tanto monta, monta tanto. No, la derecha agresiva de Bush y la izquierda moderada de Kerry son dos senderos que se bifurcan y hoy más que nunca. En menos de cuatro meses los norteamericanos serán los protagonistas de unas reñidas elecciones, las más trascendentes para la marcha del mundo.