¿RECUERDAN la desesperación de los jugadores portugueses cuando, hoy hace una semana, el arbitro pitó el final del partido que les costaba la Eurocopa? ¿Recuerdan los rostros estupefactos de Figo o de Costinha? Y todo, pese a que Portugal se alzaba con una espléndida segunda posición. Pero, ¡a qué poco sabe ser segundo cuando se ha podido saborear la gloria del primero! Tal es la endemoniada situación actual del BNG: la de quien, tras haber soñado con que cruzaría la meta de la alternancia convertido en la fuerza dominante de la izquierda, ve ahora que sólo será, si llega el caso, como ese ciclista gregario que ha de ayudar a ganar al previsible campeón. Aunque de efectos similares al de una noche de verano, el sueño del BNG ni fue estival ni fue tan breve: comenzó un ya lejano 16 de octubre, el de 1993, día en que se celebraron las cuartas elecciones autonómicas gallegas. En ellas lograba el BNG una gran hazaña: pasar de 7 a 13 escaños en el Hórreo y colocarse a tan sólo 4 puntos del Partido Socialista. El salto espectacular del BNG -que había obtenido 7 diputados en 1989- marcaba el comienzo de una progresión que los nacionalistas pensaron acabaría en el Palacio de Raxoi: los 13 escaños de 1993 subieron a 18 en 1997, y colocaron al BNG claramente por encima de un PSOE que se hundía en el abismo de su desconexión con el país. Fue entonces, sin embargo, cuando el sueño del nacionalismo empezó a desvanecerse y a fraguarse, en su lugar, la pesadilla que hoy vive el BNG. Desde las últimas autonómicas, que colocaron a la par a las dos fuerzas gallegas de la izquierda, el BNG no ha dejado de perder apoyo electoral, mientras intentaba, en vano, recuperar su preeminencia. Ese es hoy su gran error. Un error que, de no ser diagnosticado, podría acabar con el Bloque hecho pedazos: pues a lo que puede aspirar razonablemente el BNG es a frenar esa sangría que amenaza con devolverlo a los tiempos de su marginalidad en el sistema gallego de partidos. Intentar ir más allá, es decir, intentar recuperar aquel sueño de la ventaja sobre el PSOE, supone desconocer que el ciclo político ha cambiado y que los resultados electorales que uno obtiene no dependen sólo de que uno acierte o se equivoque, sino también de que acierten o se equivoquen los demás. El BNG puede entrar ahora en una espiral autodestructiva en busca de los causantes internos de su fracaso electoral. Pero esos causantes objetivos no están dentro, si no fuera. Son sus más cercanos aliados y, al tiempo, sus competidores más directos: los socialistas de Touriño, que podrían ver cómo se aleja la alternancia si el BNG no entiende de una vez una cosa elemental: que los sueños, sueños son.