Todos con el Plan Galicia

OPINIÓN

LA VISITA del presidente Zapatero a Galicia y su compromiso de prestar pleno apoyo al Plan Galicia, concebido como una prioridad del Estado, nos sitúa a casi todos en el bando de los creyentes en el buen destino de esta acumulación de proyectos. En teoría, estamos en ese momento auroral en el que se desechan los temores y se confirman las pautas de una actuación que se pretende ambiciosa y transformadora. Después de escuchar a Zapatero comprometiendo su palabra de apoyar el Plan Galicia; después de oír a Fraga diciendo que «nos conformamos con que no nos quiten nada de lo que ya tenemos programado y concedido, pero serán bienvenidas, si se producen a mayores, demostraciones de generosidad que Galicia bien las merece»; después de leer las declaraciones de otros dirigentes garantizando que vamos a tener Plan Galicia porque Zapatero va a dotar los presupuestos suficientes para ello, ¿cómo podríamos dudar? No se pueden haber concitado tantas fuerzas (prácticamente todas las administraciones y todos los partidos) para que al final no tengamos un éxito. ¿Dónde está el problema entonces? En la definición. Mejor dicho, en la falta de definición. A estas alturas, el Plan Galicia ya acoge, en mayor o menor medida, casi todas nuestras demandas históricas de cohesión social o de vertebración territorial, pero no acaba de verse reflejado en un programa y en un calendario ciertos (y creíbles), capaces de derribar el escepticismo que todavía anida legítimamente en la ciudadanía. Un recelo que hunde sus raíces en la sinfonía de mensajes discrepantes que ha sonado últimamente, con Magadalena Álvarez al frente de la orquesta. La visita de Zapatero y su compromiso con el Plan Galicia son un excelente punto de partida, que debe abrir un espacio mayor para una esperanza ya despejada de ciertos equívocos. Pero es evidente que sólo los hechos podrán ratificar esa esperanza. Sólo ellos podrán superar escepticismos, abatir desconfianzas, derribar incertidumbres y liberarnos de la visión a la defensiva que nos atribuía Claudio Sánchez Albornoz y que tantas veces estuvo sobradamente justificada. El Gobierno tiene la palabra. Y la acción.