LLEGÓ EL CALOR y todo el mundo se asombra como si fuera algo fuera de lo normal. De repente, los termómetros se sublevan de su condición servil de meros indicadores de la temperatura ambiente y deciden dispararse, como los precios. El súbito apretón del calor sorprende al personal casi con la bufanda al cuello y la vida cotidiana nada en un mar de sudores. Es la noticia-recurso en los telediarios, que repiten una y otra vez. Todos aconsejan qué debe o no debe hacerse ante estas calores. Hay oportunos consejos preventivos y otros oportunistas (que no es lo mismo) de autoridades. La ministra de Sanidad aconseja que en las horas cruciales se utilice, si se tiene, el aire acondicionado, y provoca, sin querer, una saturación del consumo eléctrico, con apagones en Andalucía, donde se ha cambiado el botijo y el abanico de toda la vida por el aparato del aire fresquito. La directora del Servicio Meteorológico, que se siente responsable, pronostica que este verano «el calor nos dará una tregua», justo en el preciso momento en que los termómetros declaran una huelga a la japonesa y deciden hacer saltar el mercurio. La importante pregunta del momento es si este calor es real, si es uno de los problemas que este Gobierno ha heredado del anterior o si, en cualquier caso, la televisión oficial informa sin exagerar o está cumpliendo con una misión de alta política. Aprovechando esta ola de calor, el Consejo de Ministros decide enviar a mil soldados al «balneario» de Afganistán donde, como ya es conocido, se veranea mejor que en el Caribe. El Congreso de PSOE es un oasis de templanza. Ni frío ni calor: talante. Es el único lugar donde se disfruta de una temperatura ambiente plácida y plena de calor humano, que es el único soportable. También la directora de RTVE aporta, a su manera, su contribución paliativa de los calores porque la bajada del termómetro de las audiencias refresca el ambiente de la competencia y, en general, los medios de comunicación, que también han participado en esta calentura estival, aportan la tediosa actualidad informativa que invita a la siesta. Ni la supuesta hoguera de la Comisión sobre el 11-M y sus secuelas, ni las disputas parlamentarias, acaloran las redacciones. En el termómetro de la inercia, que son los telediarios de la casa pública ,se ocupan de manera preferente a la «política de las cosas», como en los peores tiempos del orondo ministro Sánchez Bella (que casi nadie recuerda ni falta que hace). Ya no se cuentan las tragedias vecinales que calentaba la audiencia de los lugares del crimen ni nadie se acuerda de Urdaci, que era un ninot atractivo para el calentón mediático. La prensa de Madrid, que se alimenta de las truculencias cortesanas, se tiene que inventar reclamos para salir a los quioscos con algo... El paisaje presenta un panorama de tierra quemada que alguien ha provocado. Dicho con toda claridad, aunque duela: todo este follón demuestra que lo del calor ha sido un invento de Rubalcaba para desconcertar. Sin embargo, alguien muy avezado en intrigas y con ganas del desquite se ha dado cuenta de la pérfida maniobra. El ex-presidente Aznar, sale de su hibernación y le pega fuego a los traseros socialistas. O sea, talante a la parrilla, para que se vayan enterando.