CONTRA TODO y contra todos. Así se expresó José María Aznar antes de ayer, en su primera aparición pública tras las elecciones europeas: con un tono de dureza sorprendente incluso en él. Tanta dureza, que cuesta imaginar que sus palabras estén pronunciadas en clave de futuro y no en clave de pasado. Sí, cuesta creer que lo que preocupa al expresidente del Gobierno sea el futuro político o electoral de su partido, y no el lugar que la historia le tiene reservado a su pasado, es decir, a sus ocho años de gobierno. Y es que si Aznar estuviera pensando en cómo ayudar al PP a salir del enrevesado atolladero en que hoy se encuentra, hace tiempo que hubiera dado un descanso a sus atribulados electores y a sus aun más atribulados dirigentes, y que hubiera hecho, al menos por una temporada, mutis por el foro. Lejos de ello, Aznar parece haber optado por todo lo contrario. Sus últimas palabras y el indisimulado tono de rencor con que fueron expresadas demuestra hasta qué punto lo domina una obsesión: la de agitar la historia más reciente para evitar pasar a ella en esa posición tan poco airosa en la que cree haber quedado tras la catástrofe de marzo. No seré yo quien niegue a Aznar el indiscutible derecho que le asiste a defender su trayectoria de Gobierno y a colocar en su lugar, dentro de ella, acontecimientos que, por su extremada gravedad, han tenido el efecto injusto, aunque muy probablemente pasajero, de taparla casi por completo. Pero ni el país, ni la propia ejecutoria del Partido Popular al frente del Gobierno, se merecen ese intento desmesurado de abrir una especie de causa general dirigida únicamente a tratar de torcer a toda costa el juicio de la historia. No nos lo merecemos los españoles, desde luego, que vemos preocupados cómo la Comisión del 11-M, que dio ayer un paso sustancial en el Congreso con la apertura de las comparecencias, discurre por un errático camino, el peor, de hecho, que cabía imaginar: el consistente en concebir la investigación de los atentados de Madrid no como el instrumento parlamentario que debe contribuir a evitar que algo tan horrible pueda volver a repetirse, sino como un ajuste de cuentas con el pasado, de carácter retroactivo. Sería políticamente intolerable y moralmente imperdonable que el PP, llevado por la mala cabeza de su ex líder, forzase esa peligrosísima partida. Y lo sería igualmente que el PSOE, pensando en ganarla, la aceptase. Pero tampoco la -como todas- compleja trayectoria de gobierno del PP se merece los constantes testarazos provocados por la velocidad suicida con que Aznar intenta conducir el pasado en su exclusivo beneficio. No se hace un vino removiéndolo. La historia, tampoco.