CON UN MÍNIMO esfuerzo podríamos habernos ahorrado el cabreo y el disgusto. Si Magdalena Alvarez, Maleni para sus íntimos, hubiera echado mano de la urbanidad y del buen sentido, no hubiera sido necesario poner nuevamente en duda el «Plan Galicia de mier...» y nos hubiésemos evitado toda la letanía de improperios. Pero no pudo, o no quiso, y al final el presidente Zapatero se vio obligado a pedir perdón y la delegación socialista gallega a cantarle las cuarenta por el comportamiento de la ministra. Ganar unas elecciones como lo ha hecho el PSOE; es decir, sin contar con ello, tiene estas cosas. Que hay que levantar un Gobierno de prisa y corriendo, que hay que echar mano de lo primero que aparece y que quien aparece no se entera de la misa a medias. Y Maleni es un buen ejemplo de la precipitación y sin sentido de los que se ha tenido que ayudar el presidente para componer su gabinete. No han destacado precisamente los ministros socialistas, en este tiempo, por el rigor y el buen hacer. Más bien todo lo contrario. Los Bono, los Alonso, las Calvo y las Maleni, han demostrado reiteradamente su mediocridad con rectificaciones, afirmaciones y vueltas a rectificar. Tanto que su credibilidad ha pasado a mejor vida. Por eso, la visita que Zapatero inicia mañana a Galicia se presenta cargada de interés. El presidente viene de instar a su partido a que sea la voz de la calle. Pues la voz de los gallegos ha sido clara y nítida respecto a la ambigüedad y confusión del gobierno. Exigiendo que su cumpla lo pactado. Tiene Zapatero la oportunidad de acabar con la desconfianza, las suspicacias y la incredulidad que se interponen entre la sociedad gallega y el gobierno de Madrid. Tiene además la obligación de hacerlo. De lo contrario, es mejor que ya ni venga.