TRAS MÁS de seis meses de espera y con las imágenes de su captura grabadas en la retina, hemos podido constatar, que Sadam Huseín no ha perdido un ápice de su orgullo y altivez. Impecable y pulcro en el vestir, utilizando con cuidado la comunicación gestual, ha oído los crímenes que se le imputan con la actitud propia de quien asiste a una charada. Confieso que no me ha sorprendido. Ha tenido mucho tiempo para urdir su estrategia. Conoce como pocos la psicología del pueblo iraquí y cuenta con la ventaja de que tres generaciones no han conocido a otro referente político e ideológico que no sea él. No es alguien ante quien se pueda permanecer indiferente. Se le puede odiar, pero nunca menospreciar, y el hecho de que las autoridades iraquíes no hayan permitido que se oyeran sus declaraciones en su totalidad, son la muestra más evidente del poder que todavía ejerce y el miedo que puede hacer sentir a aquellos a los que se dirige. Juzgarle cuando todavía conserva gran parte de su influencia y el nuevo gobierno no ha conseguido ni consolidarse ni garantizar la seguridad en el país es más que desaconsejable. Ello por no hablar de la ausencia total de garantías procesales. En primer lugar, no existen ni jueces, ni fiscales, ni abogados que hayan ejercido sus funciones ajenos a la doctrina del partido Baaz y a sus leyes. Prueba de ello es que Sadam se merendó, literalmente, al joven juez que realizó el primer interrogatorio. En segundo lugar, juzgarle con sus propias leyes, manifiestamente contrarias a los Derechos Humanos y promulgadas sin un debate legislativo democrático, no hace si no continuar la práctica dictatorial en el país. En tercer lugar, la pugna entre los millones de personas que tienen motivos para verle condenado y sus defensores ejercerá una presión excesiva sobre el Tribunal, saboteando la necesaria imparcialidad. Y en cuarto lugar, su previsible condena a muerte no sólo supondrá una salida fácil, sino que aumentará el halo de héroe árabe entre sus fieles. La única sentencia justa sería la de encarcelarle a perpetuidad en su lugar favorito, Abu Graib, y para ello se necesita tiempo, un tiempo que parecen no tener nadie implicado.