LA DIMISIÓN de Giulio Tremonti, ministro italiano de Economía, es menos relevante por el riesgo que acarrea de originar una crisis global en el Gabinete de Silvio Berlusconi, que por el síndrome de inestabilidad financiera en que se encuentran los grandes beneficiarios del modelo de reparto de poder en la Unión Europea, tal como ha prevalecido finalmente el principio de doble mayoría. Los grandes, ahora con capacidad reforzada para hacer de su capa un sayo en lo tocante a las reglas de disciplina presupuestaria, establecidas en el Tratado de Estabilidad, abren, desde estas condiciones, el juego a otros criterios que los de la ortodoxia económica sobre la que se ha montado la construcción de Europa. Resulta sintomático que la dimisión de Tremonti haya sido provocada por la presión del ala derecha del Gobierno berlusconiano. Hay ideología en la economía y mucha economía en la ideología. Pero lo que hay sobre todo, por los socialdemócratas, es un inconfesado afilar de cuchillos. Se mira lo que pasa en España, con los apaños de Pedro Solbes para armonizar la ortodoxia, que defendió como comisario en Bruselas, y las presiones de sus ministros sociales , y se entiende mejor esa marejada que comparten Berlín, París, Londres y Roma, cuyos Gobiernos están instalados, con alarmante persistencia, en el déficit presupuestario. Políticamente, suele ser este déficit próvido caladero de votos. Opción básica en las estrategias de la izquierda, el gasto público generoso compra sufragios y desequilibra las cuentas públicas: conviene sobremanera al modelo arcaico de Estado de Bienestar. Rentable políticamente a corto, resulta esterilizante en el medio y ruinoso en el largo plazo. De ahí que la socialdemocracia europea quiera hacer de la necesidad virtud con el déficit antieuropeo en el que comulgan los grandes de la UE. Habría que despedirse, quizá, de la estabilidad en la economía y del desarrollo de una defensa europea.