CÉSAR CASAL GONZÁLEZ | O |
27 jun 2004 . Actualizado a las 07:00 h.PONTEVEDRA tiene un secreto o cien. La vida, allí, entra en la palma de una mano. Es cómoda, gozosa, a tiro de deseo, como un ajedrez de alegrías. Torrente lo descubrió y la puso a levitar. Ayer volvió a levitar para forjarse en la plata de ley del fútbol español. A los granates habrá que roerlos en Segunda como hubo que roerlos en Primera. Me alegró, y mucho, porque el Lérez me atrapó con su marea tranquila, con esos niños que regatean palomas en la Ferrería. Hoy se verán más altos, más guapos, con el tacón que nos calza el fútbol al subir de categoría. Ahora saldrán de plata y grana a los campos, como los toreros que tanto aplauden en A Peregrina. Lo de Ferrol es otra historia, de puro coraje. Han subido y bajado y subido a filispín (full speed, toda velocidad), dicho en ferrolano. Aunque el fútbol no es un astillero, está bien que la ciudad que soñó el socialismo, por ejemplo, recupere lo perdido. El balón no tiene boca. No da de comer a todos, pero siempre hace rodar los euros. Los cativos de Ferrol están contentos. El domingo en Galicia empezó nublado, cenizo, con un traje gris de fragata, hasta que salió el sol del éxito por Pontevedra y Ferrol, como dos veleros que regresan a puerto. Que dure el gol. cesar.casal@lavoz.es