¿RECUERDAN aquella serie de televisión, Arriba y abajo , que trataba de la división de estamentos sociales a través de una escalera? Segregación o comunicación, he ahí el dilema. La escala de Jacob servía para llegar a Yahvé, igual que la escalonada Torre de Babel del enigmático cuadro de Brueghel el viejo, aunque en las catedrales se escondían las escaleras para que volaran las tribunas. La dificultad pictórica de la escalera se aprecia cuando se introduce la perspectiva en el Renacimiento. Para los arquitectos siempre ha sido un ejercicio complejo e interesante, sobre el que se ha escrito mucho. Buena parte de la historia de la arquitectura es la de este elemento articulador y ceremonial a un tiempo, desde las pirámides escalonadas de los sacrificios de los aztecas hasta las escalinatas palaciegas, alfombras pétreas que enfatizaban la reverencia hacia la realeza. Incluso parece que la escenografía teatral y operística no está completa sin una escalera. La modernidad hace de ella una pieza importante del espacio urbano, y el historicismo de los años cincuenta sustituye rampas por escalones en los centros históricos, hasta que en nuestros días se la ha arrinconado un poco. La escalera, que fue teatro de nuestros juegos infantiles y escenario de tantos momentos felices, permite llegar al destino por el procedimiento más radical, y la barandilla ayuda a impulsar o contener el peso del cuerpo cuando llega la edad. Pero desde hace más de cien años la escalera tiene antagonistas. El primero, el invento de Frank J. Sprague, el ascensor eléctrico, que permitió elevarse a alturas impredecibles. La segunda, la normativa contra incendios, que la ha encerrado en una cápsula para que no actúe como tiro en caso de fuego, quitando transparencia y posibilidades estéticas al edificio. En tercer lugar, entender que cualquier peldaño es un obstáculo, olvidando que muchas veces es suficiente con abrir la imaginación y practicar la ayuda mutua para no tener que llenar de rampas y elevadores las ciudades y los edificios históricos. Mi pequeño amigo Lois, que tiene dos años y vive en un cuarto sin ascensor, ha desarrollado una zancada que le permite subir peldaño a peldaño con una facilidad pasmosa. Y, por último, esta sociedad hiperprotectora que rechaza cualquier tipo de riesgo, como denuncia Ulrich Beck. Hace doscientos años se proyectó sin pasamanos ese alarde de audacia que es la triple escalera de Bonaval. Hoy ponemos barandillas más altas a casi todo, pero tendríamos que preguntarnos, por ejemplo, sobre el papel del balcón en la ciudad. Antes era mostrador y mirador social, pero el presente nos recluye cada vez más en nuestro habitáculo y la exhibición se produce en la calle. El pedagogo Francesco Tonucci, que anduvo por Galicia estos días, argumenta que la seguridad tiene que construirse desde la infancia en el interior de cada uno, en lugar de ser algo impuesto, garantizado por padres, maestros, autoridades y normas de todo género. En el borde marítimo de O Grove, el Ministerio de Medio Ambiente promovió hace un par de años una intervención vulgar por su diseño y materiales, y contradictoria al mantener abierto a medio camino un inmundo colector de aguas residuales. A lo largo del paseo, un pretil protector de dos palmos de alto, como si los viandantes fuésemos a arrojarnos de cabeza a las peñas. En fin, mientras la escalera se desvanece, vivimos el apogeo de las rampas y las barandillas.