ENTRÁBAMOS a las nueve menos cuarto de la mañana, salíamos a las nueve menos cuarto de la noche. Una hora y tres cuartos al mediodía para ir a comer a casa. Tal era el horario de nuestro colegio en los años de reválida, allá por los años sesenta. Una excepción los sábados, salida una hora antes, si el director no se alargaba en el sermón de las buenas noches. Después, pitando a la fábrica de sueños, al cine Hércules o al Rosalía, directos al paraíso de la película americana de turno. Los domingos también al colegio, misa y juegos obligatorios por la mañana; oraciones y cine por la tarde. Lo peor, el horario vespertino; apenas había tiempo para salir del estadio de Riazor, de sufrir con Veloso y el Dépor de los viejos tiempos, de saludar a Cucarella desde la grada de niños. Luego el correr asfixiante desde el estadio a los Salesianos, para no llegar tarde, para evitar el cuño rojo de la demora. Y tras las oraciones de rigor, el cine colegial. Era ejemplarizante pero de calidad, se notaba la mano de D. Alberto García Verdugo, vallisoletano sobrio y de carisma contenido. El colegio era de una riqueza humana extraordinaria. Más de mil alumnos jugábamos en el mismo patio quince partidos de fútbol simultáneos. Los sociólogos dirían que una mezcla social perfecta. Había gente del campo y de la ciudad, de toda condición social, intelectual y emocional. Sólo faltaban las chicas, pero quizás mejor así. En el exterior había una jerarquía de guapos y feos que resultaba de lo más pijo. El colegio era como una democracia espartana supervisada por curas con sentido de las prioridades. El valor por excelencia era la amistad, dentro de un sentido de la igualdad fomentado desde el púlpito hasta el pupitre. Al fin y al cabo el cristianismo es un humanismo igualitario. Esa impronta nos ha quedado; compañeros como Allegue, Garrote, López, Guillén, Queiruga, Rivera, y tantos otros, nos veamos o no, nos apoyamos y nos recordamos con un sentido de la igualdad existencial imborrable. La preparación académica era exigente y bien planteada. Para las materias fuertes había media hora de estudio previo y luego clase con los mejores profesores. D. Gregorio en Letras, D. Mariano en Ciencias, D. José Quintero en idioma, Revuelta en Latín, D. Miguel en Preparatoria, D. Fernando en Ingreso y tantos otros, capacitaban para la incorporación directa al trabajo o bien para la universidad. Las reválidas y el Preu eran unas pruebas decisivas, realizadas fuera del colegio, y para ellas recibíamos preparación especial. Los Salesianos no fallaban en los controles externos. Tuvimos una formación religiosa quizás excesiva, pero visto lo que ha venido después, con la actual feria de vanidades nihilistas, no estoy seguro que se haya evolucionado hacia una alternativa mejor. No pienso que cualquier tiempo pasado haya sido mejor, pero tampoco que se avance inexorablemente en una senda de progreso. El tiempo juzgará.