EL PRESIDENTE Fraga nunca debió escribir a Rodríguez Zapatero «en nombre de todos los gallegos». Porque sabiendo lo que pienso yo de estas trapalladas , y cómo considero que deben ser gobernados los asuntos de gran envergadura, debería haberme consultado -¡y quizá también a Pérez Touriño!- antes de haberme incluido entre todos los gallegos que están indignados con las triquiñuelas de doña Magdalena Álvarez y los retrasos del AVE. En Francia y en Alemania, donde los trenes se pagan con dinero propio, a nadie se le ocurre tomarse el AVE a pitorreo, ni decidir las líneas vertebrales del país deshojando margaritas: «lo hago, no lo hago»; «lo contrato, lo descontrato»; «es eléctrico, va a gasoil»; «tiene doble túnel, es de sentido único»; «se detiene en Lalín, o pasa como una flecha»; «se termina en esta década, o queda para los felices años veinte», «es un AVE, o un tren bala»; «llegamos primero a Teruel, o Santiago y cierra España»; «cortado o con leche». Y así hasta el infinito, arrancando pétalos blancos como si estuviesen enamorados. Por eso estoy decidido a apearme de este juego de niños que se traen entre Zapatero y Fraga, y a no dejar que ni mi nombre ni mi consentimiento figuren en ningún papel que puedan cruzarse de allá para aquí o de aquí para allá en esta guerra de papel. Si miro hacia Fraga, no comparto un modelo de gestión que sólo anda buscando ocasiones para azuzar al electorado en contra de los que tienen que llevar a la práctica una idea difusa como el Plan Galicia. Pero si miro hacia Rodríguez Zapatero también creo que le está bien empleado este chorreo de Fraga, por andar chalaneando con los trenes para ganar las elecciones autonómicas, y por poner a Magdalena Álvarez, a cuerpo gentil, en el disparadero político. Por eso quiero colocarme en el justo medio que corresponde a quien no compromete su nombre en pulsos de salón -¡en mi nombre sólo escribo yo!-, pero que tampoco está dispuesto a pedir comprensión y buen trato para quien niega -como hizo Zapatero- la existencia del Plan Galicia urdido en María Pita, con el solo objeto de sustituirlo por otro diseñado en la Moncloa por el ominoso procedimiento de decir Diego donde antes decía digo . Pensando siempre en Galicia, y en sacrificarse por ella, el presidente Fraga no se imagina siquiera que pueda haber un gallego, mil gallegos o un millón de gallegos que no estemos dispuestos a jugar con él y con Zapatero a la pelota galaica . Por eso me contó entre sus apoyos -¡todos los gallegos!- sin consultarme. Y por eso me veo en la dolorosa obligación de puntualizar su carta a Zapatero y decirle que va en nombre de todos los gallegos, ¡menos uno! El de siempre.