LA PUBLICACIÓN de la autobiografía de Bill Clinton y de las memorias de la que fue secretaria de Estado durante su mandato, Madeleine Albright, ha recuperado estos días en los periódicos el discurso de la última presidencia demócrata de los EE. UU., tan lejos del neoconservadurismo belicista a que nos tiene acostumbrados George Bush. Leer sus declaraciones resulta reconfortante porque nos recuerdan que hay distintas formas de hacer política desde la Casa Blanca y diferentes modos de concebir el papel de EE.UU. en el mundo. La Era Clinton se convierte así en una añoranza de tiempos mejores. Particularmente lúcida me ha parecido la reflexión de Madeleine Albright sobre el vínculo trasatlántico. Sus palabras, si tenemos en cuenta que nació en Checoslovaquia, que emigró a EE. UU. a los once años y que se enteró de que era judía a los 56 (porque sus padres se lo ocultaron), suenan especialmente convincentes: «Lamento los desencuentros entre Europa y Estados Unidos porque lo mejor del siglo XX lo ha dado su cooperación». Albright no entiende a los estadounidenses que recelan de una Europa pujante ni a los europeos que recelan de Estados Unidos. En sus declaraciones confiesa que lo que ella desea es una Europa integrada, pero con una buena política trasatlántica. Algo que también manifiesta Clinton, crítico a la vez con Bush («que ha movido el país hacia la derecha») y con el eje franco-alemán, al que acusa de excesiva complacencia con un Sadam Huseín que «nunca hacía nada si no se lo obligaba». Aproximarse a ambos personajes es acercarse al EE. UU. anterior al 11-S, más confiado y alegre, que, de la mano de Bush, se disponía a protagonizar un período de aislamiento... que se desmoronó con las Torres Gemelas. La Casa Blanca impulsó entonces una política unilateral que ahora muchos creen equivocada: no ha resuelto la posguerra iraquí ni mantiene el prestigio antiterrorista de Bush. El descenso progresivo de la popularidad del presidente es hoy el protagonista de la política estadounidense.