El refrán de Manolo Escobar

ANTONIO GONZÁLEZ

OPINIÓN

23 jun 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

EL PASADO DOMINGO, la selección española de fútbol cumplió, una vez más, con su papel de fracaso que tiene asignado en el concierto (¿) balompédico internacional. El acontecimiento se consumó en Lisboa, sin sorpresas ni sobresaltos, como estaba mandado de antemano. Como se dice en las retiradas militares, el ejército no retrocede, da media vuelta y sigue marchando. Eso es lo que hizo, precisamente, nuestra gloriosa selección de fútbol: media vuelta y a casa, a descansar. Sin embargo, en esta ocasión la retirada no ha sido tan marcial porque existía un imponderable. Por aquello de la cercanía y por una renovada y un tanto ingenua ilusión sin precedentes, alimentada por la prensa deportiva que vive del masoquismo del personal, unos cuantos miles de españoles acudieron a la capital portuguesa a celebrar el indiscutible triunfo de nuestros virtuosos muchachos del balón. Jugadores y público conformaban en el estadio una masa imponente con los colores nacionales, la más espectacular bandera de España nunca vista, ni siquiera dentro del territorio nacional. Era una tarde para las emociones, para exhibir el orgullo patrio, por fin, con un triunfo. Sin embargo, los protagonistas estaban en otra onda y, como siempre, saltaron al campo a perder. Se cumplió el maleficio previsto y la gran comitiva de españoles apagaron sus gritos de ánimo, escondieron sus pancartas y volvieron a sus casas con las camisetas sudorosas de rabia y de impotencia. Analizado el fenómeno en términos históricos, lo que menos importaba en esa tarde del domingo y después aun menos era que el equipo nacional fuera eliminado. Lo único realmente trascendente es que, en ocasión tan excepcional como la de Lisboa, por primera vez en la historia el himno nacional era tarareado al unísono por quince mil españoles con su expresiva letra de «la-la-la-la lala-lala-lala...» y así hasta el final. Es una letra universalmente comprensible, que en su espontánea sencillez y a falta de otra más lírica, los miles de cantores pretendían expresar y en cierta medida expresaban los sentimientos profundos que identifican al procomún. Y como complemento de ese espectacular coro del la-la-la , las mismas gargantas, orquestadas por Manolo el del Bombo, cantaban entusiasmadas no se sabe por qué el famoso estribillo que dice: « ...por eso se oye este refrán... ¡que viva España!», una copla muy sentida que inmortalizó Manolo Escobar y que es nuestro himno nacional alternativo. El refrán se llama viva España , una hermosa simbiosis entre el dicho popular y la explosión racial de un pueblo. En tiempos de la dictadura, nuestro la-la-la-la... nacional tenía otras letras menos emotivas, más bien forzadas, que los niños cantaban obligados, brazo en alto, en las escuelas. Una de esas letras decía (más o menos): « Viva España, alzad los brazos hijos del pueblo español, que empieza a resurgir...», etcétera y otra más familiar y de consumo interno que decía: «Franco, Franco, que cara más simpática que tiene usted, parece un requeté...». Hay otras inspiradas versiones, pero la más espontánea, directa y elocuente es, sin duda, la entonada en el estadio de Lisboa por miles de gargantas españolas y cuyo emocionante recuerdo anula los sinsabores de la derrota futbolera. No tenemos selección, pero tenemos un gran pueblo que canta unido. Eso es lo que interesa destacar de aquella tarde aciaga y sin embargo histórica. Perdimos el partido pero recuperamos el orgullo. Y viva España, como dice el refrán .