Europa es cosa de hombres

RAMÓN BALTAR

OPINIÓN

LOS DIOSES, que se huelgan de hacer hocicar a los poderosos, decidieron que los jefazos de la cosa europea aprobaran su Constitución aún caliente el trancazo electoral. Los mismos que vedaron al Vaticano alcanzar más peso que Alemania. Diversos sectores habían luchado a brazo partido para que se incluyera en el texto del Tratado mención expresa de la herencia cristiana. Sus valedores manejan un dato incontestable: la cultura europea no se entiende sin ella. Como hay gente para todo, algunos entusiastas de tan poco pía causa llegaron a plantear un argumento que sonroja por su cinismo manipulador: el Cristianismo creó el ambiente para que hubiera en Europa ilustración y democracia. ¡Perdona a tu pueblo, Señor! Pero hay razones que desaconsejan la inclusión de cualquier referencia religiosa concreta en esta Constitución. La primera, que rompe el principio de neutralidad estatal en asuntos de fe y cultos. La segunda, que la Constitución es un contrato para encauzar la convivencia en el futuro, y no necesita recoger ninguna deuda del pasado. Otra, que en una Europa en la que están activas la principales religiones, no parece discreto mentar ni siquiera a las más arraigadas. Y ya que se trata de ordenar la convivencia y no las conciencias, hay que recordarles a los orgullosos defensores de la supremacía de lo cristiano un hecho histórico indiscutible: la conversión del Cristianismo en la religión principal del Imperio Romano empezó una era de intransigencia como no se había conocido antes entre paganos. Pasión del alma de la que todavía padece en nuestros días. Los valores éticos que fomentan los distintos credos pueden ser igual de eficaces para la sociedad con o sin cobertura constitucional. Cuando las religiones la tienen, se convierten en un peligro público.