Vanguardias


SI USTED se acerca a una obra de arte de vanguardia y se atreve a criticarla, puede ser tratado como un terrorista. Así lo afirma el sociólogo francés Gilles Lipovetsky, oráculo de la posmodernidad y autor de libros sobre la moda, el lujo y el crepúsculo del deber, entre otros. Su conclusión, sin embargo, es que hay que acabar con la idea de los intelectuales como árbitros del gusto. A uno le puede gustar la música de Whitney Houston y la de Bach, sin que ello entrañe contradicción. Y, por supuesto, si uno se emociona con Titanic es porque está bien hecha y porque expresa algo profundo sobre el amor y la muerte. «El público tiene razón». Lipovetsky sostiene, en unas declaraciones que acaban de caer en mi mano, que las primeras vanguardias no buscaban la belleza, pero al menos crearon algo nuevo. «Ahora, no hay ni búsqueda de la belleza ni novedad». Los artistas pretenden ser subversivos y contestatarios en una sociedad que ya no lo es. Lo cual convierte al mundo del arte en algo que es mucho más moda que la propia moda, y en el que hay mucha menos creatividad que en la publicidad, por ejemplo. Así que la próxima vez que esté ante un adefesio presentado como arte de vanguardia, no se prive y dispare. Su opinión vale.

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