ESTÁBAMOS encantados por lo bien que quedó Zapatero en su primera negociación europea, y por escucharle decir a la vicepresidenta De la Vega que en la calle ella detecta un clima más optimista, cuando viene un portugués llamado Nuno Gomes y nos sume en una depresión de caballo. La selección española de fútbol, esa que iba para campeona de Europa, nos ha sumergido en la desolación porque no sólo fracasó, sino que además hizo el ridículo. El fútbol es uno de los mayores problemas que tiene ahora mismo España. Lo arrastra porque ningún gobierno ha tenido el coraje de plantarle cara. El fútbol español es la gran máquina de dilapidar dinero sin obtener resultados. Si trasladásemos su gestión a una empresa, hace ya tiempo que habría presentado expediente de quiebra. Y sus trabajadores harían cola en el paro. Pero en el fútbol no. Aquí presumimos de tener la mejor liga del mundo. La liga de las estrellas. Con clubes que derrochan más de 200 millones de euros al año, con otros clubs que arrastran deudas de 178 millones, con jugadores que se empetan 6 millones de euros por temporada y con una deuda conjunta que supera los 1.200 millones de euros, alardeamos de que nuestra liga cuenta con más estrellas que el firmamento. Y así, vanagloriándonos y sin exigir cuentas, seguimos quemando en cromos lo que bien nos vendría para salud. Pero el fútbol es intocable en este país. Los mismos que nos van a colocar en una nómina de presuntos defraudadores aplauden a rabiar la gestión de unos presidentes que tienen dificultades hasta para cantar la tabla de multiplicar, más allá del cuatro. Aquí los goles no los marcan Raúl, Fernando Torres o Vicente. Los únicos goles nos los marcan directivos, federativos y políticos. Que con sus incapacidades y desidias no ponen remedio a esta desvergüenza.