DEMOCRISTIANO como su tío Marcelino, que fue de aquel grupo Tácito con dicterios al Gobierno, que tuvo un importante papel en la UCD de Adolfo Suárez, con quien llegó a ser ministro de Asuntos Exteriores y delegado del Gobierno, para terminar como eurodiputado y comisario de la UE. A Marcelino Oreja debe Jaime Mayor Oreja sus comienzos en la política, en época de la UCD, como delegado del Gobierno en Euskadi, cuando el ciclo tocaba cambio. Fue precisamente el regreso de Marcelino, con la refundación del PP, lo que lo puso en la senda ascendente. Dirigió la campaña de su tío a Europa, y a partir de ahí, se le encomendó la refundación del centro derecha en el País Vasco, donde el espacio lo ocupaba el PNV. Logró situarse entre los más íntimos colaboradores de Aznar, cuando estos se reunían en el domicilio de Ana Botella. Me contó, tras las elecciones que dieron el primer triunfo al PP, que iba a ser ministro del Interior por dos razones: ser vasco y no haber otro de los íntimos que lo quisiera. Lo pasó muy mal en su País Vasco natal, especialmente en Guipúzcoa, donde fue testigo de cómo ETA iba asesinando a los componentes de la lista de UCD en la que él estaba a continuación. Quizá por eso, siempre vivió en Madrid y hacía las escapadas necesarias a Euskadi para realizar su trabajo, con fuerte dispositivo de seguridad. Y ahí se explica que pasara por las tres provincias como diputado nacional y parlamentario vasco, incluso, tras el asesinato de Ordóñez, como candidato a la alcaldía de San Sebastián. Como ministro del Interior supo utilizar la televisión pública para vender su trabajo y la imagen de vasco moderado entre tanto vasco agresivo y crispado. Le costó mucho trabajo aceptar la candidatura a lendakari del 2001; tenía mucho que perder, al cambiar ser el mejor situado para sustituir a Aznar por el avispero vasco, en el que perdimos las elecciones, en las que, por vez primera, íbamos todos los constitucionalistas unidos. En su vida habrá habido aciertos y errores, pero en estos últimos yo le recuerdo dos: pedir un debate con Ibarretxe, y cuando éste acepta, echarse para atrás; y llegar tarde, como siempre, a una sesión del Parlamento vasco. El resultado a Europa lo ha sabido vender mejor que la campaña con debates en los que nunca estuvo cómodo. Hoy a la Eurocámara. Mañana, en cualquier lugar, y como alternativa, menos al País Vasco, donde ya hay crisis en el PP.