Malas noticias

| ANXO GUERREIRO |

OPINIÓN

EL DATO más relevante de las elecciones europeas celebradas ayer es, por encima de cualquier otra consideración, la alta abstención registrada en todos los países de la Unión. La cuestión adquiere dimensiones ciertamente preocupantes, si se tiene en cuenta que son los primeros comicios europeos tras la ampliación de la UE a 25 países, y con el horizonte próximo de la Constitución Europea. No creo que de la escasa participación pueda deducirse de forma simplista un rechazo ciudadano al ideal europeísta, pero es evidente que la forma que ha adquirido el proceso de construcción europea no es compartida ni respaldada por la mayoría de la ciudadanía europea, que no considera todavía al Parlamento Europeo, pese a su incremento competencial, una institución central de la Unión, a la que identifica casi exclusivamente con instituciones -Comisión y Consejo- que escapan a su control directo y efectivo. Así pues, los resultados electorales del domingo son, desde luego, muy malas noticias para los europeístas, que deben -debemos- ecapacitar profundamente acerca del proceso de construcción europea, y aceptar que, aun reconociendo lo realizado hasta aquí, no es posible seguir transitando un camino que se ha revelado totalmente agotado. En España, además de la altísima abstención -54% del censo- cabe destacar, en primer lugar, el avance implacable del bipartidismo -48 escaños sobre 54-, en detrimento de IU -que obtiene en términos absolutos el peor resultado de su historia- y de los nacionalistas, que aun reafirmando que su existencia constituye un dato estructural de la democracia española, pierden peso e influencia política. En segundo término, es evidente que la incuestionable victoria del PSOE -la tercera consecutiva en unas elecciones de ámbito nacional- es mucho más ajustada de lo previsto, contradiciendo el electorado por enésima vez los pronósticos demoscópicos. El resultado electoral, sin duda, consolida políticamente a la actual dirección del PP y aleja el fantasma de una crisis interna, que tendría efectos devastadores para el partido conservador. Y, por supuesto, no permite al PSOE echar las campanas al vuelo; por el contrario le obliga a espabilar y a abandonar peligrosas fantasías políticas. Cuando escribo estas líneas no se conocen los datos definitivos del resultado electoral en Galicia. Pero todo indica que se ha producido un empate técnico entre el PP y el conjunto de la izquierda -PSdeG, BNG-, lo cual, en la perspectiva de las elecciones autonómicas de 2005, obliga a realizar un análisis específico y pormenorizado que prometo para un próximo artículo.