SI NO FUERA porque la Juan Electoral Central decidió mediar en el debate fantasma , esta noche asistiríamos a un espectáculo insólito. José Borrell, candidato del PSOE al Parlamento Europeo, se presentaría en la sede de TVE para asistir a un debate que no se iba a celebrar. Mayor Oreja, candidato del PP al mismo Parlamento, se presentaría en la sede de Antena 3 para asistir a otro debate que tampoco se iba a celebrar. Lo kafkiano es que el uno sabía que el otro estaría en la otra televisión. Y lo escandaloso es que, a pesar de saberlo, cada uno mantuvo la intención de acudir al lugar donde sabía que el otro no iba a estar. Ahora, después de la intervención de la Junta, supongo que habrá un debate en Antena 3 y otro en TVE. Pero la sucesión de intenciones previas sólo tenía estos significados: 1) Uno de ellos no quiso debatir. 2) Uno de ellos mintió, porque es claro que hubo un acuerdo previo. 3) Esa posición obligó también a mentir a una de las televisiones. 4) Ambos son tan orgullosos, que ninguno quiso dar su brazo a torcer. 5) Aunque parezca increíble, estas cosas pasan en una sociedad democrática. Y 6) Este esperpento se va a convertir en eje de campaña en los cuatro días que quedan. A falta de argumentos serios, harán del día 13 las elecciones del absurdo. Cambiemos, pues, la vieja escala que establecía el rango de la mentira: «Hay mentiras, grandes mentiras y estadísticas». A partir de ahora, hay mentiras, grandes mentiras y la organización de este encuentro electoral. Si miramos la hemeroteca, la razón inicial parece de Mayor Oreja: todos teníamos entendido que, efectivamente, se habían acordado dos cara a cara en sendas televisiones privadas: el visto en Tele 5 y el programado para hoy. El consejo de administración de RTVE incluso había rechazado ese formato. Pero fue tanta la insistencia y tanta la convicción del PSOE en asegurar lo contrario, que nos hizo dudar a todos. Pase lo que pase esta noche, triste espectáculo de unas organizaciones, los partidos políticos, que la Constitución define como «instrumento fundamental para la representación política». Pobre ejemplo de su capacidad de diálogo, que les impidió algo tan elemental como ponerse de acuerdo a ver en qué mesa celebrar un debate. Lamentable muestra de sus principios, que camuflan su alergia a la discusión pública con la disculpa más infantil y grosera. Penosa expresión de la confianza que inspiran, cuando uno, el Partido Popular, tiene que amenazar con recursos legales para que sea la Justicia, y no ellos, quien restablezca la verdad. Y, pese a todo, varios millones de españoles se disponen a votar a esos partidos. Pocas veces estuvo tan justificado el castigo de la abstención.