CARLOS G. REIGOSA | O |
07 jun 2004 . Actualizado a las 07:00 h.FUE UN mal actor, pero interpretó a la perfección el papel de líder de la revolución conservadora de los años ochenta. Ronald Reagan, que falleció el sábado en Los Ángeles a los 93 años de edad, se ganó un puesto de primera fila entre los presidentes de EE.?UU., lo cual para algunos es difícil de explicar por el excesivo simplismo que le atribuyen. Pero la clave de su éxito quizá nos la ha brindado el ex presidente demócrata Bill Clinton al decir que será recordado por «la manera en la que personificó el optimismo indomable de los americanos y por mantener a EE.?UU. en la vanguardia de la lucha por la libertad». Por ahí deben ir los tiros. Lo cierto es que, después de la derrota de Vietnam, de la desastrosa gestión de la crisis de los rehenes con Irán (Carter) y del desmorone moral producido por el caso Watergate (que acabó con Nixon), el presidente Reagan logró convencer a sus conciudadanos de que había vuelto a amanecer en América. Con tres argumentos: reducción de impuestos, adelgazamiento de la administración y reforzamiento del Ejército. Y un optimismo indeclinable, que le deparaba aumentos de popularidad incluso en momentos adversos. Así era el vaquero que acaba de irse.