Tiempo y plazos

| PABLO GONZÁLEZ MARIÑAS |

OPINIÓN

EL LEGISLADOR juega alegremente con el tiempo. Para él no es, como para Borges, un enigma, sino algo cierto y perentorio en que podemos reclamar o ejercer nuestros derechos y, si no lo hacemos, perderlos fatalmente. Transformar el tiempo en plazos es una degeneración espiritual sólo justificable por la seguridad jurídica, este valor burgués a que nos aferramos. También el Derecho administrativo es un producto burgués y por eso se ocupa poco del tiempo y del Derecho y sí mucho de los plazos y el Derecho. Tenemos mucha culpa en esto y no nos podemos quejar de que, ahora, el único parámetro para valorar la tarea de un profesor universitario sea el número de horas de docencia que imparte. Lo que hay detrás de ello, para poder cumplir con dignidad ese trabajo, a nadie interesa, lo que importa es el tiempo tasado, los plazos. San Agustín escribió en sus Confesiones: «¿caro mihi valent stillae temporum». Pero nada: reclamaciones tardías.