La solidaridad tiene un límite

| JOSÉ MARÍA CALLEJA |

OPINIÓN

LOS TRABAJADORES de la Estación de Atocha, en Madrid han pedido que se retiren las miles de velas, flores, carteles, inscripciones y todo tipo de símbolos externos que se amontonan en los andenes de aquella estación en recuerdo por los asesinados el once de marzo de este año en el atentado terroristas más sangriento de la historia de España desde el final de la Guerra Civil. No pueden más. Las vidas de estos trabajadores, como las de tantos otros, quedaron marcadas, de forma indeleble, después de aquel empacho de terror que fueron las bombas contra los ocupantes de los trenes de cercanías que se dirigían precisamente a la estación de Atocha. No han pasado aún tres meses, no hemos llegado a los cien días, pero ya no les cabe más dolor. Tuvieron una sacudida de espanto, pero no están dispuestos a actualizarlo todos los días. La reclamación de estos trabajadores demuestra lo complicado que resulta ser solidario a jornada completa y su actitud nos proporciona una muy valiosa información que sirve para explicar lo difícil que ha resultado poner en pie, durante más de treinta larguísimos años, la solidaridad con las víctimas del terrorismo nacionalista vasco. Los trabajadores de Atocha ya saben lo que es el terrorismo, lo han visto en vivo y en directo, han oído el estruendo, han visto los cuerpos sin vida, los heridos; han expresado su solidaridad, es seguro que habrán guardado minutos de silencio o habrán asistido a manifestaciones, pero se dan cuenta de que si son solidarios todos los días, son ellos los que se van a consumir, como las velas que recuerdan a las 192 personas asesinadas, a las 1.500 heridas. El luto, por intenso que sea, tiene sus plazos, y uno no puede ser solidario todos los días del año durante el resto de los años de su vida. Quieren vivir. Se les hace insoportable que les recuerden todos los días -cuando entran en el trabajo, cuando trabajan, cuando se toman un café, cuando se van del trabajo-, que allí hubo una tragedia. Hay gente que se eterniza en el duelo, que va a Atocha todos los días, pero hay otros que quieren vivir sin esa imagen demoledora de las velas chisporroteando dolor las 24 horas del día desde el pasado once de marzo. Cuando la gente se pregunta cómo es posible que el terrorismo nacionalista vasco haya durado tantos años, una de las respuestas posibles para explicar su permanencia es ésta: lo empinada que es la solidaridad; lo imposible que resulta mantener la solidaridad en el tiempo, sostenida de manera indefinida. Se puede ser solidario un rato, en el primer momento, en los primeros días, en meses, en las fechas de aniversario; es imposible ser solidario todos los días del año, todos los años de la vida laboral. Los trabajadores de Atocha no pueden más y yo les entiendo. La capacidad para ponerse en el lugar de los otros tiene un límite, como debe tener un fin el luto. Durante muchos años, demasiados años, ha habido víctimas del terrorismo que no han tenido ni un minuto de solidaridad, a las que les hubiera gustado que alguien dijera que no podía seguir siendo solidario por más tiempo.