Un sermón plomizo

| ERNESTO S. POMBO |

OPINIÓN

EL PRIMER debate televisivo de dos candidatos en once años no fue un debate. Fue una exposición larga, aburrida y monótona. Un sermón latoso y plomizo. Una declaración de intenciones rutinaria que no sirvió para despertar el interés del electorado. Porque no tuvieron posibilidad de discutir ni de polemizar y porque, además, a estas alturas resulta ya difícil que algún político nos impresione. Nosotros, que nos entusiasmamos hasta la emoción y el lloriqueo irrefrenable ante la figura del profesor asociado de Georgetown firmando sus libros en El Corte Inglés, no nos interesamos, en cambio, por otras cuestiones que nos son más vitales. Europa no nos entusiasma. Los españoles, y de forma especial los gallegos, todavía no hemos sido capaces de identificarnos plenamente con el proyecto. Por eso recibimos los primeros días de la campaña electoral con la indiferencia típica de quien asiste a un chaparrón primaveral. Y así seguiremos. Porque lo cierto es que ni Borrell ni Oreja contribuyeron en su cara a cara a modificar el panorama. Temerosos, fueron a buscar un aprobado y como ocurre siempre, se ganaron el suspenso. Hablaron de lo que ya sabíamos. Del terrorismo, de la guerra de Irak; otra vez del terrorismo, del voto útil y nuevamente del terrorismo. Pasaron por alto, por ejemplo, los problemas de la ampliación, de los fondos de cohesión, de la inmigración y de la competencia laboral. Ni el sabelotodo Borrell, ni el intelectual Oreja, lograron encandilarnos con sus mensajes. Porque están poco interesados en hablarnos de Europa y de los problemas de la unificación continental, y mucho de lo buenos que son los socialistas y de lo mal que lo hicieron los populares. O viceversa. Y es que, por lo visto, ellos tampoco tienen un gran interés. O a lo mejor es que no saben más.