UN GOBIERNO de amplia representación territorial puede ser algo macanudo. Pero también algo desastroso. Depende de que los ministros asuman que, tras ser nombrados, experimentan -como la niña de El exorcista, pero en bueno- un cambio que los transforma interiormente. Si sucede así, la diversidad territorial de los miembros del Gobierno es una riqueza extraordinaria, que facilita ver España como es en realidad: rica en su pluralidad, pero plagada de desequilibrios y contrastes. Ahora bien, si la transformación interior no se produce, el Gobierno corre el riesgo de dar en un cártel de posiciones regionales, donde cada uno va o lo suyo y donde la política estatal no es el resultado de esa síntesis de intereses diferentes que todo gobierno debe realizar, sino sólo la cruda manifestación de la capacidad de presión de los territorios que han conseguido colocar en el ejecutivo a sus ministros. Para hablar claro, desde el día en que tomaron posesión de sus carteras, Magdalena Álvarez, José Bono o José Montilla no están en el Gobierno en su respectiva condición de andaluza, castellano-manchego o catalán, sino en la común de ministros españoles. Aunque para escándalo de algunos, las cosas son así: y no pueden ser de otra manera, a riesgo de que el gobierno de España no deje de ser sólo lo último, sino incluso lo primero: un gobierno. Que no es lo mismo que un sindicato de ministros. Por eso, visto lo visto en estos días, a nadie debería de extrañar -y menos que a nadie a los dirigentes gallegos del PSOE- que desde Galicia se contemple con zozobra ese vaivén de declaraciones, decisiones y silencios del Gobierno, que parecen colocarnos en el furgón de cola del tren que transporta los dineros del Estado. Y más cuando la lógica que va instalándose en España es la de una obsesión por lo propio en exclusión de lo común: pintoresca en su individualidad, pero alarmante en su conjunto, tal lógica resulta coherente con la tentación de algunos ministros de verse a sí mismos como delegados de su territorio en el gobierno de Madrid. Anteayer se aprobó en el Congreso el apoyo estatal a las selecciones deportivas autonómicas, y ayer los diputados de Esquerra preguntaron allí al Gobierno, como si tal cosa, en catalán. Hace unos días desde Aragón se exigía a Cataluña la devolución de ciertas piezas de arte sacro; y desde Cataluña al Ministerio de Cultura la devolución de un cuadro de Dalí. Es como si, de pronto, este país fuera una gran tómbola y nadie quisiera irse sin su torre de potas para casa. O quizá es que muchos han visto que ésta era su ocasión. «Dádivas quebrantan peñas», escribía Cervantes: y, por lo que parece, en eso estamos.