EL EXPERIMENTO de unos científicos italianos de investigar el comportamiento de 50 familias de un mismo pueblo que se prestaron a sufrir la dura prueba de no ver televisión en una semana, es una buena iniciativa para comprobar si la sociedad está sometida al poder narcótico de la imagen o si todavía es posible escapar de la teleadicción y recuperar la antigua práctica de las relaciones humanas, sin la influencia absorbente de la pantalla. La experiencia italiana ha demostrado, como una primera conclusión, que es posible desenganchar a la gente de la droga televisiva y que, superado el trauma de la abstinencia, las familias vuelven a hablar entre ellos, a jugar a las cartas o al parchís... En una palabra, a convivir. Por su parte, los niños que han participado en la prueba, después de protestar porque no podían ver los dibujos animados, han vuelto a jugar entre ellos y, según los primeros datos del estudio, hasta orinan mejor... El experimento italiano no es una prueba concluyente de que se puede prescindir de la televisión sin que se produzcan importantes reacciones adversas, una de las cuales sería especialmente preocupante para los gobiernos, y es que la gente, sin televisión que les atonte, puede pensar más de lo conveniente. A pesar de las dificultades, el propósito de los investigadores ofrece un síntoma saludable, aunque muy remoto, de que el fenómeno corrosivo de la televisión podría tener, en el futuro, un antídoto que moderara su influencia, si los hombres de ciencia aciertan a inventar un artilugio que detecte la sobredosis televisiva y, en caso de peligro, apague de manera automática el aparato, por unas horas, días, semanas, meses e, incluso, en casos de extrema gravedad, por tiempo indefinido y sin posibilidad de reenganche. Técnicamente este aparato ya está en uso, es el mando a distancia, que ha conseguido que nadie vea un programa completo (por algo se empieza). Sólo falta que se perfeccione e incluya un inhibidor automático irreversible. En cierto modo existe un remedio doméstico para contrarrestar la adicción televisiva: dormirse en la butaca. Ya lo decía Vittorio de Sica: «La televisión es el único somnífero que se toma por los ojos». En estas fechas de intoxicación masiva por la famosa boda, este apagador automático hubiera sido un instrumento de alto valor estratégico nacional, para fundir los fusibles de millones de televisores que repitieron hasta la saciedad las mismas escenas de la, sin duda alguna, respetable e histórica ceremonia nupcial del heredero de la Corona, pero en algunos aspectos desmesuradas y en otros escasas. Aprender a apagar el televisor a tiempo, debería estudiarse en las escuelas como una de las asignaturas fundamentales para la formación intelectual de las nuevas generaciones. Es una necesidad apremiante contrarrestar la influencia analfabeta de la caja tonta mediante una reeducación hacia otras maneras de ver la vida. Esa es una tarea que, además de los educadores, tendría que comprometer e incluir como cuestión primordial, la comisión de expertos en su proyecto de modelo de la futura televisión pública. Esta comisión debería considerar el experimento italiano o, mejor aún, repetirlo aquí para comprobar si es posible proponer, en el nuevo estatuto, una cláusula sobre la obligación de las televisiones públicas de persuadir a los espectadores a que apaguen la televisión al menor síntoma de saturación o hastío y dediquen su tiempo de descanso a otras cosas más útiles. Decía Groucho Marx que «la televisión es muy educativa. Cada vez que alguien enciende el aparato me voy a otra habitación y me pongo a leer un libro».