MIENTRAS celebramos el levantamiento de la inmunidad que protegía a Pinochet, viejo, depuesto y enfermo, estamos pasando de puntillas sobre el lamentable hecho de que la cumbre de México, que reunía a mandatarios de cuarenta países de la Unión Europea y América del Sur, no tuvo agallas para poner ningún nombre al lado de la tímida y formalista condena hecha contra las torturas de Irak. Nada contra Bush, que sólo hizo una guerra para ampliar el área del dólar y condicionar el abastecimiento energético de Europa. Nada contra Rumsfeld, que, entre negocio y negocio, aprobó un manual para apretarle las clavijas a los hombres y mujeres que no cantan a la primera lo que saben y lo que no saben. Nada contra el general Sánchez, que, ocupado en mantener a raya a los desarrapados, descuidó el control de sus soldados y mercenarios. Y nada contra Condolezza Rice, que, poniendo cariña de buena, también le pone una literatura aséptica a las invasiones depredadoras y criminales. Lo que se lleva es la justicia de cartón, que agota sus éxitos en el terreno de lo mediático. Héroes como como Garzón o Di Pietro que, armados con autos invencibles, se estrellan siempre -¡que pena!- contra los temporales. También se lleva la Justicia teatral de los fuertes, que gastan su dinero y su prestigio en juzgar al incómodo Milosevich -¿qué fue de todo aquello?-, sin atreverse a escribir un solo folio sobre Sharon. Pero nadie se atreve a decir nada contra lo que sucede en Afganistán, en Irak, en Israel, en China, en el Congo, en Guantánamo, en Chechenia o en Liberia, donde la impunidad más absoluta protege a los torturadores, a los limpiadores de terroristas y a los que, para proteger los derechos humanos, se pasan los derechos humanos por el forro de la chaqueta. A mí no me hizo ninguna gracia el show de Garzón contra el Pinochet hospitalizado. Y mucho menos me gusta esta batallita de ahora que, además de poner en evidencia los enjuagues que nos traemos con los poderosos, convive con el recibimiento hecho a Gadafi y a su jaima -¡vaya espectáculo!- en la refinada Bruselas. Cuando la justicia se hace a borbotones, y mordiendo sólo donde no hay hueso, deviene en un puro sarcasmo, y sólo sirve para reconfortar a los fariseos que comen a dos carrillos, adulando al amigo americano con una mano, y persiguiendo con la otra al desahuciado Pinochet. «A moro muerto, gran lanzada», decían los alféreces de Alfonso VI. Porque ya era frecuente en los tiempos de la Reconquista que, una vez terminada la batalla, bajasen los señores empenachados a lancear a los muertos. Pero la justicia, como las batallas, hay que hacerla con los vivos. Y el moro de ahora se llama Bush.