No inventarás una estética real en vano

| XERARDO ESTÉVEZ |

OPINIÓN

29 may 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

NO PUEDO objetar a que las ciudades se vistan con sus mejores galas para los grandes acontecimientos sin hacer al mismo tiempo cierta mirada retrospectiva, cuando en Compostela, ante una visita de estado, se despojaban de las peores hierbas las verdinegras torres de Valente, se lustraban las losas para provocar reflejos y se negociaba con los excluidos un aparte horario. En el trato con la Casa Real, y más concretamente con el Rey, además de su proverbial afabilidad que hace más fácil nuestra comprensión de la monarquía, pude captar una sobriedad a la que durante estos días, imagino, le han salido incómodos compañeros de viaje. Las bodas reales tienen que tener pompa y circunstancia, pero las instituciones y administraciones coadyuvantes del evento deberían estar en una línea que interprete con mesura el gusto borbónico actual. El aggiornamento del recordado Juan XXIII hizo perder a la Iglesia fasto y solemnidad para ganar proximidad, y sus epígonos terminaron por sustituir monumento y ritual por guitarra y escayola. Su paradigma plástico es el historicismo madrileñista de la Almudena, del erudito Fernando Chueca, adobado in extremis con el imaginismo hortera y neocatecumenal (vaya palabro) del tal Argüello. Si la primera, por ser ahistórica, tendrá que cumplir la penitencia de mantener sus paramentos pétreos en un estado de juventud permanente que le impedirá adaptarse al medio, el segundo no tiene perdón de Dios, que, por cierto, tanto arte ha inducido a lo largo de la historia de la humanidad. La propia Academia de San Fernando, tan clásica y de la que el propio Chueca es uno de los miembros más conspicuos, ha deplorado la ausencia de rigor y profesionalidad en el encargo del cabildo. Pero lo peor ha venido de la mano del Ayuntamiento. Madrid, la gran ciudad llena de todo tipo de monumentos, que cuenta con la mejor Escuela de Arquitectura de España, con una pléyade de arquitectos excepcionales de todas las edades y con obras magníficas, no podía, una vez más, transmitir como imagen de marca institucional lo castizo y banal que obnubila lo bueno. Siguiendo en la línea de la etapa anterior, que mezclaba una estética de la nostalgia que llenó las calles de farolas fernandinas y violeteras con la de la opulencia de las mil y una noches de la decoración del Teatro Real, se ha interpretado la realeza moderna con una ambientación en esa paleta pastel, oro y plata, con bolas y guirnaldas, jardineras colgantes y gallardetes al viento, amalgama de flores y pastiches. Todo lo que la televisión nos mostró hasta la saciedad no ha conseguido más que poner en evidencia el hueco de la genuina belleza en esa artificiosa ornamentación de navidad extemporánea, que llegó al paroxismo de envolver en luces rosa y púrpura los monumentos, hasta que la seguridad pública -o tal vez un tardío sentido del decoro- obligó a suspender tal despropósito. Madrid no puede perder ni un minuto más en estos juegos de Disneylandia y el alcalde Ruiz Gallardón está más que capacitado para hacerlo de otra manera. No vaya a ser que más de uno acabe pasándose a la república y al agnosticismo por cuestiones estéticas, sin que ni el Rey ni Dios tengan la culpa.