NO FUI INVITADO al acto de autobombo que el alcalde de Madrid, Ruiz-Gallardón, convocó para dar cuenta de su primer año de gestión. Así que me conformaré con lo recogido por los medios de comunicación, sin que quepan errores de interpretación, porque el alcalde no admitió preguntas (¡) de los periodistas, convocados, por cierto, en el Círculo de Bellas Artes, cerca del Palacio de Telecomunicaciones, que Gallardón convertirá en nuevo Ayuntamiento como uno de sus logros, y lejos de la Casa de la Villa, con la que se han conformado para todas las convocatorias informativas alcaldes tan democráticos y eficaces como: Enrique Tierno Galván (ganador de dos elecciones municipales, una por mayoría absoluta), Juan Barranco (descabalgado de la alcaldía por una moción de censura), Agustín Rodríguez Sahagún (que relevó al anterior) y Álvarez del Manzano (tres mayorías absolutas le contemplan). Con la brillantez dialéctica que Gallardón pone al servicio de sus fines -y el adjetivo posesivo no es casual- (igual le da rectificar la decisión de no volverse a presentar a las elecciones autonómicas que rectificar por segunda vez para encabezar la candidatura a la alcaldía de Madrid o que aceptar la imposición de Ana Botella en la lista electoral al Ayuntamiento o que anunciar una subida de impuestos aunque luego los tenga que mantener como estaban por imperativo de su partido), el alcalde de Madrid dio cuenta de lo realizado en su primer año, que, por resumir, han sido, en el mejor de los casos, los cimientos para lo que se propone hacer en los tres restantes. Trinidad Jiménez, que lidera el grupo socialista del Ayuntamiento, se ha apresurado a decir que el alcalde vende humo , y lleva razón. Pero Gallardón necesita ahora más que nunca el humo con el que enmascarar, por ejemplo, que la presidenta regional, Esperanza Aguirre, le ha salido respondona y desde el credo liberal al que tanto apela el alcalde; o sus maniobras con la mirada repartida entre la calle Génova, sede del Partido Popular, sin cuyo apoyo no puede llegar a donde tiene la otra parte de la mirada y todas sus ambiciones: el palacio de La Moncloa. A lo peor por todo eso es por lo que no admitió preguntas que le amargaran el autobombo y el espléndido desayuno que se aprecia en las fotos del acto.