O Cebreiro

La Voz

OPINIÓN

CÉSAR CASAL GONZÁLEZ

27 may 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

DEJAS Lugo y el verde menta, menta te saluda. Empiezas a subir: Becerreá, As Nogais, Piedrafita y O Cebreiro. En el pueblo, 17 habitantes y 7 bares, hay ciclistas que hablan alemán e italiano, casas de piedra y pizarra y cuatro pallozas y media. Estás muy cerca del colchón de nubes del cielo. A vista de pájaro, ves los Ancares, límite entre Galicia y el Bierzo, León libre, cumbres redondeadas, suaves, como pechos maternales. Das un paseo por el pueblo, se venden bastones y esterillas para peregrinos, se venden bebidas frescas, y te tomas un café, un euro, como en el centro de una ciudad. El Camino es también un negocio. Los peregrinos se saludan con un buen Camino. Te cuesta comprender la paliza que se pegan. Dicen que es por la comunicación, por el más allá. Un amigo te comenta que se conoce más gente en un pub. Ni lo uno ni lo otro. Una cosa te llama la atención. Miras para los que se dejan la piel en la subida a O Cebreiro y no hay ni uno que esté en forma. Aquí no hay cuerpos Danone. ¿Por qué sufrir tanto? ¿Es el Camino una estela de luz, un destello? ¿Es la Ruta un caso para divanes o para divinos? No lo sé. Habrá que probarlo. No sé puede opinar de algo tan fuerte sin vivirlo. cesar.casal@lavoz.es