MADRID FUE, en este mes de mayo, la capital de la primavera más exuberante y colorista, el escenario ideal de las crónicas románticas, de los cuentos de hadas y del chismorreo cortesano. Y es que estuvimos de boda, y, para estar a la altura de la efemérides, la ciudad de la Corte la han vestido de colores pastel. Sin embargo, no todo es delicadeza, porque en un exceso de toque romántico, más bien cursi, los estilistas han pintado las fachadas de edificios tan representativos como la Puerta de Alcalá, el Museo del Prado, el Palacio de Comunicaciones, incluso la Real Academia de la Lengua y hasta la castigada y resignada diosa Cibeles, con potentes focos de luz rosa fuerte y amarillo, que proyectaban sobre las hermosas y solemnes arquitecturas unos colores propios de ropa interior de señoritas de alterne de antaño. La gran dama de la Corte no se merece que la decoren de esa manera tan hortera. Otra cosa bien distinta de la Corte es que Madrid ha pasado el corte del CIO y ya es candidata con credenciales para organizar los Juegos Olímpicos del 2012. Esta candidatura es un buen aliciente para armonizar con criterios urbanísticos más ambiciosos y coherentes esta ciudad, que es realmente hermosa, pero también es un enorme laberinto de curvas al arbitrio de los especuladores. No obstante, esta ciudad, con candidatura olímpica o sin ella, es una de las capitales con mayor proyección del mundo. Ahora bien, Madrid necesita, además de buenas infraestructuras, que las tiene, el impulso del espíritu olímpico, no sólo en lo deportivo sino en un inteligente programa de complicidad ciudadana con su ciudad. Que, por cierto, no se hace con pregones grandilocuentes. Aquí, el único deporte que se practica con éxito es el de las prisas. Las mentes pensantes del M-2012 deberían organizar un maratón permanente en el que todos, empezando por la clase política y los que mandan (que no es lo mismo), y en general todos los que quieren colgarse las medallas, que den mil vueltas a los más de 60 kilómetros de la M-40, hasta que la circunvalación sea realmente un anillo urbano, de auténtica deportividad cívica. Madrid, entre Corte y corte, viste su mejor primavera, aunque de tanto manosearla le hayan sacado los colores.