NI CONSENSO ni acercamiento. Ese es el penoso resumen de la esperada reunión de Zapatero y Rajoy. Lo único cordial ha sido la foto de la entrada: el apretón de manos con los ojos puestos en las cámaras. La expresión sin avances con que se quiso calificar la reunión es un eufemismo. Lo que hubo de verdad han sido retrocesos. Donde el presidente del Gobierno ve un proyecto reformista coherente, el líder de la oposición ha encontrado que «no hay ni propuestas ni contenidos». Así de distante comienza el periodo postboda , que, después del secuestro mental que provocó el casorio, casi parece el principio de una nueva temporada política. ¿Qué es, en el fondo, lo que separa a ambos dirigentes? A simple vista, algo tan sencillo como el procedimiento. Donde Rajoy quiere una «perspectiva global», Zapatero propone la iniciativa de los parlamentos autónomos. En todo lo demás (consenso, solidaridad, no asimetrías), podría haber entendimiento. Los dos grandes partidos estatales no debieran tener diferencias insalvables. Pero el origen de las reformas, el lugar donde nacen las propuestas, lo va a enquistar todo. La zanja abierta es más profunda de lo que parece. Legalmente, la razón es de Zapatero: la previsión del legislador es que los Estatutos se reformen con un mecanismo que empieza en los parlamentos. Naturalmente, eso tiene riesgos. Las aspiraciones de Cataluña -y no digamos del País Vasco, aunque Ibarretxe vuelva a redactar su Plan- no tienen nada que ver con las gallegas o las de Castilla y León. Con lo cual, puede salir un modelo de competencias que hará que la España de Cornellá no se parezca en nada a la de Betanzos. Pero es el camino que marcan la Constitución y los propios Estatutos. Frente a ello, Rajoy representa un modelo orientado o dirigido desde Madrid. El Estado sería el autoencargado de diseñar el proceso y la meta de los nuevos estatutos. Dibujaría el mapa, pondría los cimientos y marcaría los techos. Sería la forma de evitar asimetrías y de garantizar que no existan diferencias espectaculares. Tiene coherencia, pero los riesgos son todavía más notables. Causaría rechazos en gran parte de las comunidades. Y, de entrada, recibiría las calificaciones de modelo de la tutela, de la desconfianza, del dirigismo centralista. Ese es el panorama que ayer se abrió en La Moncloa. Nos aboca a un horizonte tenso y complejo. En cuanto al desenlace, no hay términos medios: o este reformismo que nace resuelve la actual tensión territorial, o entraremos en un nuevo periodo de todos contra el Estado. Y lo peor: sospecho que ese Rajoy del «no hay nada» lo está empezando a desear. Sería la forma de que la derecha fuera reclamada para retornar al poder.