EL EPISODIO de las torturas no es, como pretende mostrar el Pentágono, un hecho aislado, al margen de lo que absurdamente llama la posguerra de Irak. Por el contrario, es la prueba repulsiva de que la normalización posbélica está muy lejos. Tan lejos como lo están los supuestos normalizadores de respetar los derechos humanos. Las imágenes de las torturas en la cárcel de Abu Ghraib no tienen justificación posible y se inscriben directamente en las peores páginas del horror. Las fotografías y vídeos de la violencia física desatada en este penal constituyen algo por lo que sencillamente no se puede pasar sin una revisión a fondo del proceso y un castigo adecuado de los responsables. Las aberraciones, de las que se han presentado testimonios cuyo contenido abruma describir, no tienen excusa ni coartada, ni siquiera en nombre de una supuesta obtención de datos útiles para combatir al enemigo. ¿A qué modelo de interrogatorios pertenece el sinfín de crueles malos tratos y de humillaciones sexuales que se han cometido y que incluyen violaciones ignominiosas (todas lo son), sodomizaciones o la obligación de masturbarse ante mujeres soldado? Aun sabiendo lo que se cuece en otras civilizaciones, hay que decir que el Occidente que representa Estados Unidos ha llevado a cabo su particular descenso a los infiernos. Porque lo ocurrido en la cárcel de Abu Ghraib también es terror. El Pentágono y el Departamento de Justicia están investigando las acusaciones, y harán bien en darse prisa en hacerlo, porque el torrente de imágenes brutales ( The Washington Post dice que tiene cientos en su poder) puede desbordarse en cualquier momento y causar una auténtica rebelión en la opinión pública. Los estadounidenses que todavía apoyan a Bush en esta guerra, convencidos de que tiene sentido, no alcanzan a entender la necesidad de comportamientos tan depravados. Y si alguien no los condena a tiempo y debidamente, ellos los condenarán. La fuerza, cuando no la acompaña un sentimiento de dignidad y de honradez en sus actuaciones, se deslegitima y pierde sentido y apoyo entre los ciudadanos. En este infame momento estamos.