HA SIDO el propio don Juan Carlos quien ha dicho en varias ocasiones que la monarquía hay que ganársela día a día. Y es verdad. El motivo es fácil de explicar: la existencia de monarquías choca de modo tan frontal con las creencias mayoritarias de las sociedades democráticas (la igualdad, la selección electiva de los poderes del Estado, los principios de mérito y capacidad en la función pública) que sólo un constante esfuerzo de complicidad con la ciudadanía permite a los monarcas pervivir contra las tendencias de la historia. Los reyes carecen de legitimación de origen, al no ser elegidos, sino seleccionados con arreglo al principio hereditario, y, por ello mismo, han de hacer todo lo preciso para mantener viva, mediante una constante legitimidad de ejercicio, la validez de su función. Ello no quiere decir, en absoluto, que una monarquía parlamentaria no pueda resultar democráticamente funcional e incluso que, en determinadas circunstancias, no pueda llegar a serlo incluso más que una república. Ahí está nuestro Rey -a decir verdad, nuestro Rey y nuestra Reina- para probarlo de modo incontestable. Don Juan Carlos cumplió un papel fundamental, que hoy goza de reconocimiento general, en la transición política española. Pero su figura sigue siendo muy funcional en el presente, como elemento de cohesión territorial en un país que lleva muchos años sometido a presiones centrífugas fortísimas. Los Reyes de España ha colocado tan alto el listón de la aceptación y el cariño popular, que el trabajo que les queda por hacer para ponerse a su nivel a don Felipe y a quien es su esposa desde ayer no será de los más fáciles. Pero ese es el gran reto al que, desde ya mismo, deben enfrentarse los Príncipes de Asturias. La boda del heredero a la jefatura del Estado ha jugado, así, desde esta perspectiva, como una especie de bautizo de fuego para la persona llamada a suceder a don Juan Carlos. Felipe de Borbón ha pasado la prueba -la primera en la que ha tenido que enfrentarse de verdad al libre juicio de todos sus conciudadanos- con una naturalidad que ni él, ni probablemente su familia, hubieran dado por supuesta cuando, en medio del recelo de los peores enemigos que tiene en España la monarquía (los monárquicos), se anunció su compromiso. Pero, tras el noviazgo rosa y la boda de colores, don Felipe se ha hecho mayor, de golpe y porrazo, a los ojos del pueblo que desde hoy lo observará. Por eso, ni él ni su mujer deberían olvidar que, como afirma don Juan Carlos, la monarquía se la gana el Rey todos los días. De ella cabría decir, en consecuencia, lo que de la nación escribía Ernest Renan: que es un plebiscito cotidiano.