UNO de los grandes problemas de la política internacional en vigor es que EE.UU. ya no escucha a nadie, ni hay nadie que esté en condiciones de hacerse escuchar por la Administración Bush de un modo influyente, ni siquiera Tony Blair. Es una realidad a la vista. Sólo la opinión pública estadounidense podría determinar un cambio, pero, a pesar de la mengua del apoyo al actual presidente, no acaba de fraguar una conciencia netamente antibélica. Es algo que se ha visto ante el asunto de las torturas a presos. Todos han condenado esta «vergonzosa mancha» (calificación que hizo la propia secretaria de Seguridad Nacional, Condoleeza Rice), pero pocos la han ligado a un aventurerismo guerrero que debería ser contundentemente rechazado, después de tantos errores y tantas mentiras. Sin embargo, no está siendo así. La realidad es que la guerra sigue. La Casa Blanca ha dicho que las tropas estadounidenses se quedarán en Irak «hasta que hayan terminado su trabajo» y «hasta que los iraquíes puedan procurar por su propia seguridad» (Condoleeza Rice). Y la prueba de que continúan hablando las armas está en las escalofriantes noticias que nos llegan. Un ataque aéreo estadounidense mata a 41 iraquíes que asistían a una boda, cerca de la frontera con Siria. ¿Un error más? Seguro. Pero el verdadero error es la guerra. Como lo es en Israel, donde el Gobierno disuelve una manifestación de palestinos con obuses y misiles. Resultado: diez muertos. ¿Un error? No, un horror. Porque esta es la realidad: nos estamos moviendo en parámetros de espanto, y los derechos humanos ceden cada vez más ante el impulso guerrero que proviene de los neoconservadores imperiales. Es triste tener que admitir que hoy, treinta y seis años después de su muerte, Martín Luther King seguiría teniendo razón al afirmar que «el mayor vehículo de violencia en el mundo de hoy es el Gobierno de EE.?UU.». Y es doblemente triste que esto lo tengamos que escribir quienes queremos una Europa fuerte y una Norteamérica próxima, capaz de escuchar y de compartir. Porque ni el actual desentendimiento europeo ni el intervencionismo americano son la respuesta. Seguro.