EL BARÓMETRO de primavera de La Voz no ha hecho más que confirmar la percepción generalizada de que estamos en el umbral de un vuelco político en Galicia, después de veinte años de gobiernos conservadores. Sin embargo, los cambios políticos como los que se deducen de la encuesta de Sondaxe para este diario no se producen espontánea y abruptamente. Se incuban durante largos períodos de tiempo, aunque no por eso dejan de producir síntomas inequívocos de su existencia y desarrollo. Sólo los políticos instalados en la autocomplacencia o el subjetivismo y, por tanto, inmunes a la realidad, ignoran las señales emitidas y, en consecuencia, cuando el proceso hace crisis son incapaces de saber lo que está sucediendo, atenazados por el desconcierto y la sorpresa. En Galicia, los síntomas de decadencia del partido gobernante son evidentes desde hace mucho tiempo. La catástrofe del Prestige puso de manifiesto, como nunca antes había ocurrido, la falta de dirección política de la Xunta, y llegó a socavar, hasta extremos inimaginables, la credibilidad del presidente Fraga, creando un enorme vacío político que demandaba a gritos una alternativa de gobierno. El resultado de las elecciones municipales confirmó esa tendencia, al conseguir la oposición, por primera vez desde 1989, más respaldo electoral que el PP, que sufría en Galicia un mayor castigo que en el resto de España. Pero el Partido Popular, en vez de abordar las causas que habían conducido a la derrota electoral prefirió minimizar el alcance de ésta, utilizó todo tipo de argumentos justificativos, ignoró los síntomas y siguió en el tran tran que le ha llevado a su actual estado de postración. Ahora, tras el vuelco político producido en España el 14-M, el proceso político de cambio en Galicia parece irreversible. En efecto, las elecciones generales no sólo han subrayado el declive político del PP y el claro avance de la oposición, sino que han estructurado una alternativa creíble de gobierno, al confirmar la tendencia a la baja del BNG y revalidar la trayectoria alcista del PSdeG que, instalado en la onda expansiva del PSOE, se ha convertido en la primera fuerza política de la Galicia urbana y ha consolidado su hegemonía en el campo de la izquierda. Atrás quedan las disputas entre el PSdeG y el Bloque por el liderazgo de la oposición, que, aunque legítimas, sólo contribuían a difuminar la necesaria alternativa de gobierno, sembrando dudas sobre su fiabilidad y estabilidad. No es ésta una cuestión menor, si se considera que resulta muy improbable que un gobierno, pese a su desgaste, pierda unas elecciones si no existe, simultáneamente, una alternativa clara y segura capaz de sustituirlo. Así las cosas, el Partido Socialista -que adquiere una especial responsabilidad en esta coyuntura histórica- y el BNG tienen expedito el camino que conduce a la Xunta de Galicia. Ha llegado la hora de acreditar su competencia para dirigir el país. De todas formas, el presidente Fraga, si tiene la mitad del sentido de Estado que se le atribuye, todavía debe prestar un último e inestimable servicio: construir y liderar, antes de las elecciones del 2005, el consenso político y social necesario para que Galicia pueda comparecer con una voz unitaria en el proceso de reforma constitucional en marcha y, de este modo, defender adecuadamente sus derechos como nacionalidad histórica.