CORREN malos tiempos para los astilleros. Pero los que se avecinan no van a ser mejores. Además de la devolución de 308 millones de euros, más intereses, y la posible reclamación de otros 1.500 concedidos de forma un tanto irregular, la industria del naval se enfrenta a otra demoledora reconversión. Los puestos de trabajo de una parte importante de la plantilla de las factorías gallegas están en el aire. Todos sabemos que, tal y como está planteado, el sector naval español carece de futuro. Lo sabemos porque además de la experiencia vivida en 1983, de la mano de Carlos Solchaga, en la que se eliminaron 8.000 puestos de trabajo, otros países se han visto obligados a padecer la misma situación hasta aceptar la desaparición de millones de puestos de trabajo y el cierre de cientos de centros. Con una carga de trabajo mínima, con una cuenta de resultados deficitaria, con la competencia imposible de los países orientales y con subcontratas sin conciencia, el sector español está en bancarrota. Y no es cuestión de responsabilizar a uno u otro Gobierno. Cada cual hizo lo que buenamente entendió, en un sector que sabemos estratégico para la economía española. Pero los resultados son los que son. Es inútil pensar que después de lo vivido en las últimas décadas consigamos mantener con vida los astilleros. Pueden los sindicatos, los partidos políticos, los parlamentarios y hasta el coro de San Antonio pedir y exigir nuevas medidas para recuperar el sector. Es inútil. Lo que se plantea ahora es afrontar el problema, quizás como nunca se hizo. Dejar de hablar de subvenciones y de ayudas ficticias. Y como dijo Joaquín Almunia, adquirir un compromiso social para paliar las brutales consecuencias que la reconversión nos va a dejar. Todo lo demás es música celestial. Y no están los tiempos como para escuchar filarmonías.