IMAGÍNENSE una ciudad entre dos límites: al oeste la sierra de Collserola, con el Tibidabo, y al este el azul prístino del Mediterráneo. Al norte y al sur delimitan el escenario el Besós y el Llobregat, que abocaban sus aguas sucias a ese mar primigenio de la cultura. En el medio del cuadrilátero, dos tramas urbanas, una regular, cartesiana, encargo, todo hay que decirlo, del Estado centralista a Ildefons Cerdà, y la otra, la histórica, pequeña, desigual, llena de callejuelas y rincones, luces y sombras, olores y sonidos. Imagínense esa doble trama conurbada divida por una diagonal que, empezando en la -muy significativa para los de la generación del 68- Escuela de Arquitectura, nunca acababa de llegar al mar, porque estaba interrumpida por lo fabril, ya decaído e improductivo. A quién no se le hubiera ocurrido aprovechar o incluso inventar coyunturas para seguir descubriendo la cara del mar por este confín litoral y prolongar la Diagonal ilustrada hasta encontrarse con la ribera en un punto que se convierte en ágora. El proyecto de Torres y Martínez Lapeña es lo mejor del Fórum. Han creado un nuevo espacio de 160.000 metros cuadrados, lugar o no lugar, da igual, al que hay que subir con un ligero esfuerzo en busca de no se sabe qué, porque sólo se ve cielo, hasta que en un momento se descubre el horizonte, el encuentro del azul con el azul. Viene siendo como una de esas manos poderosas que dibujaba Chillida, cuya palma-plaza cobija la tecnología que convierte en blancas las aguas negras y con unos dedos que se incrustan en el mar, donde se ubican instalaciones portuarias. Encima una pérgola fotovoltaica que con su enrejada cara reta al sol y a los vientos. Fuimos convocados, no para un torneo de ingenio o una cita festiva, sino para uno de los seminarios del proyecto Interacció que desde hace veinte años, digo veinte, organiza la Diputación de Barcelona para hablar de cultura con investigadores, técnicos, políticos, gestores públicos y privados, y que en este año se presentaba como antesala de la nueva Agenda 21: un compromiso de las ciudades y los gobiernos locales para el desarrollo cultural , suscrita por el IV Fórum de Autoridades Locales de Porto Alegre en Barcelona. Se habló de desarrollo económico y cultural, del malestar de las identidades en un mundo diverso, de medios de comunicación, de los dilemas y fronteras de las artes, de participación, del impacto de la globalización en la dimensión cultural de las ciudades, con conferencias de Robert Palmer, Dominique Wolton o Xavier Rubert de Ventós, entre otros. Durante estos meses se seguirá hablando del Fórum y de las opiniones y valoraciones que suscita en diferentes ámbitos. Juicios y críticas necesarios sobre continente y contenido, de los que todos participaremos. Pero cabría preguntarse qué otra ciudad española, e incluso europea, ha sido capaz de desarrollar a lo largo de veinticinco años un proyecto urbano y cultural de esta magnitud. Claro que hay mucha mercadotecnia detrás, incluso está más inflado de lo que realmente es, y que en nuestros días parece que no hay evento sin monumento. Pero si entre tanto alarde mediático, entre tanto espectáculo, se reserva un espacio preferente para la cultura, el pensamiento, la participación y el debate, y además se hace buena arquitectura, se tiene la sensación de que Barcelona va como un palmo por delante con esa mano incrustada en el Mediterráneo.