ES ALGO PARADÓJICO que las elecciones europeas tengan lugar unos días antes de la probable adopción de la Constitución europea. Hubiera sido más democrático tratar de cerrar la negociación del texto constitucional antes de que los europeos acudamos a las urnas. En cualquier caso, la campaña electoral puede ayudar al debate sobre la Unión que queremos, si contenemos la iraquización completa de los asuntos europeos. La política de seguridad y defensa no es el único tema pendiente. Es igual de urgente debatir el refuerzo de las instituciones comunitarias y el poder judicial ante la ampliación, cómo aumentar el presupuesto, en qué dirección reformar el modelo económico y social, la puesta en marcha de una política común de inmigración, el desarrollo de mecanismos reales de lucha antiterrorista o qué hacer con Turquía. Otra paradoja europea es que las elites bruselenses temen los referendos y los ardientes debates parlamentarios sobre la ratificación de esta reforma y sobre las modificaciones previas de las constituciones nacionales. Muchos analistas predicen grandes dificultades para que la Constitución europea entre en vigor por unanimidad de todos los Estados miembros y ya hay esbozos de planes B , dependiendo de si la negativa a la nueva norma fundamental proviene de un país grande o pequeño, fundador o de los que han llegado más tarde. Pese al autoproclamado europeísmo del nuevo Gobierno, España puede ser de los últimos países en ratificar, hacia el 2009, si al final hacemos una reforma de la Constitución de 1978 que exija disolución de las Cortes y referéndum. Desde una visión realista, se puede argumentar que la nueva Unión Europea ha redescubierto a la antigua Comunidad Europea. Es decir, se apruebe o no la proyectada Constitución, ésta será un tratado más, cuyo contenido codificará la mayor parte de la constitución material existente, desarrollada a lo largo de cincuenta años de integración. El demos europeo sigue estando formado por la suma de los 25 poderes constituyentes nacionales. Cada uno retiene el control final sobre las reglas del juego en Bruselas. Además, si Francia y Alemania se salen con la suya, la nueva Constitución puede empeorar la representación en el Consejo de casi todos los Estados miembros salvo los cuatro más poblados y facilitar la creación de europeos de primera y de segunda clase. Incluso es criticable, según algunos, el nombre elegido para el nuevo tratado, Constitución europea , porque despierta falsas expectativas y provoca muchos rechazos y da alas al creciente euroescepticismo en algunos países -Reino Unido, Francia, Dinamarca, Irlanda. Pero desde una visión idealista, se puede afirmar que gracias al debate abierto estamos ante una transformación sustantiva de la Unión. Aunque las reglas básicas de la integración no cambien mucho, hemos cambiado de símbolos y de lenguaje. Y como dice el profesor de Cambridge Philip Allot, nuestras palabras son nuestros mundos. En adelante, la referencia para explicar y criticar la nueva Unión será el constitucionalismo, por mucho que lo adjetivemos como de baja intensidad o ligero . La conclusión entonces es que merece la pena votar en las elecciones europeas, ya que en los próximos años los parlamentarios europeos serán muy influyentes a la hora de dar contenido a la expresión nosotros los europeos . Aunque en buena lógica democrática, a todos nos corresponde decidir en qué dirección construir esta comunidad política de 450 millones de habitantes basada en un nuevo texto constitucional, con muchas posibilidades interpretativas. Un caveat final: la naciente identidad europea no debe pretender sustituir a las identidades nacionales y regionales, sino limitarlas a la vez que se las ayuda en su puesta al día. Tampoco tiene sentido construir quiénes somos en oposición a otras identidades, sea la norteamericana o la islámica. Sería un error crear brotes de nacionalismo continental y en el fondo atribuirnos una superioridad moral como europeos frente a los demás, algo que nuestra historia común ha desmentido muchas veces.