A TORRE VIXÍA
14 may 2004 . Actualizado a las 07:00 h.EL MISMO PARTIDO que estuvo a punto de hacer saltar por los aires la Constitución para Europa, se queja ahora de que Rodríguez Zapatero le haya cedido a Roma el honor de acoger su firma y darle nombre al nuevo Tratado de la UE. Y los mismos políticos que pusieron a nuestro Ejército al servicio de Bush y bajo las órdenes de Polonia, para colaborar en una guerra ilegal e ilegítima que espanta a todo el Occidente, consideran un hecho humillante que nuestro presidente tenga la gallardía y la elegancia de no romper la pauta de firmas que sigue Europa desde 1957, y de no prevalerse de la ventaja de salida que nos habían dado el atentado del 11-M y la solidaria propuesta de reparaciones aprobada por el Parlamento Europeo. Roma fue, desde el principio, el símbolo de la Unión Europea. Roma es, también, el nombre de sus tratados constituyentes. Y, aunque Europa haya avanzado siempre a impulsos de París y Berlín, a nadie le importa que los grandes hitos de la nueva Europa se hayan producido en ciudades como Maastricht, Ámsterdam, Niza o Salónica, sin que París (que tiene un tratado) y Berlín (que no tiene ninguno) se hayan sentido celosas de la gran ciudad italiana que el poeta Virgilio situó fuera del tiempo y del espacio. Por eso me alegra que, lejos de confundir la sustancia con el accidente y la habilidad con la grandeza, el actual presidente del Gobierno se haya estrenado en Europa con dos decisiones de enorme agudeza política: una de envergadura material indudable, que es clave para restaurar la unidad europea y dotarnos del instrumento que necesitamos para progresar con orden y estabilidad en la Europa a 25; y otra de gran eficacia práctica, que, rompiendo con la cutre visión del patriotismo mediático, se atreve a pensar Europa desde Europa y España desde la libertad y el bienestar de sus ciudadanos. Aunque la inercia de las democracias modernas nos lleva a evaluar la política a través de los hechos concretos, no debemos olvidar que la función de gobierno toma cuerpo en las grandes líneas que contextualizan la gestión de las políticas públicas y los esfuerzos realizados por las empresas y los ciudadanos. Y en ese sentido puede decirse que, si bien es cierto que este Gobierno ya tiene en su haber algunos patinazos muy sonoros y muchos errores de principiante, la valiente reorientación de las políticas de Estado que ha emprendido Zapatero sirve ya para justificar un mandato. Porque, aunque muchos cambios ya estaban implícitos en el terremoto electoral del 14 de marzo, también es verdad que los líderes están para hacer la política que queremos los ciudadanos, y no para inventar una España ideal bajo la inspiración de Carlos V.