YA ESTÁ la comisión de sabios -devenidos tales desde la condición de expertos- metida en harina, que han iniciado sus trabajos bajo la presidencia de María Teresa Fernández de la Vega, la vicepresidenta dispuesta a cambiarle la cara al país por vía de la ley y de la norma. Espero que no intente meter en cintura a los sabios como a la sociedad civil con algunos de esos proyectos coercitivos, que los políticos parecen desear a esa sociedad cada vez más organizada, más carne de subvención, que es más manejable. Lo cierto es que a medida que la comisión se aproxima a su objetivo, a nueve meses vista, se va difuminando el entusiasta voluntarismo inicial y aspira uno más a los resultados concretos. Ya hemos comentado en alguna ocasión los innumerables inconvenientes de RTVE para el cambio; basta escuchar las declaraciones de guerra que han hecho al secretario de Estado Fernández Ordóñez cuando ha anunciado para el ente algo tan experimentado en este país, con gobiernos de todo pelaje ideológico, como la privatización. Si aquí se puede privatizar todo menos TVE, siquiera parcialmente, si plantearlo sólo para el debate suscita amenazadoras soflamas sindicalistas, mejor es que la comisión se quede en casa. Sobre todo cuando está extendido el temor que he escuchado ya a innumerables profesionales de la comunicación: no está claro que la totalidad de los comisionados tengan siquiera televisión en casa, con lo cual ¿qué conocerían algunos de lo que van a hablar? Claro que se puede tener escasa confianza inicial en la comisión y que finalmente nos dé una sorpresa como la profesora Caffarell, que ya se ha planteado eliminar dos de los espacios menos presentables de la programación de Prado del Rey: Noche de fiesta y Cerca de ti , además de estudiar reformular todo el tratamiento de los temas rosas y de sucesos. Esa es otra, que mucho se habla de los asuntos del corazón, pero la proliferación de los sucesos en la primera televisión pública es un hecho vergonzante.