ANTONI Durán i Lleida explicó en los estudios de un canal de televisión que la imagen excitada y tensa, incluso crispada, que resulta habitual en los políticos, se debe a que las cámaras les enfocan en los momentos más altos del mitin, cuando más caliente tienen la boca. Es una explicación plausible aunque de doble sentido, pues también se podría decir que a los encartados se les calienta la boca en cuanto les enfoca una cámara, o apenas perciben la posibilidad de brindar un titular. Lo que permanece inalterable en ambos sentidos es la temperatura de la boca, que puede llegar a ser de todos los demonios. Algo hay de semejante cuadro de presiones y temperaturas en la presentación de medidas y sugerencias como las relacionadas con la supresión del IVA en los libros, la privatización de TVE y el control de mezquitas e imames (escribo imames porque si escribiera imanes daría la impresión de estar comentando un fenómeno electromagnético). La supresión de ese IVA en concreto es todo un titular. Un titular que habrá hecho sonreír a más de un profesional, sin irritar a ninguno. La privatización de la TVE es otra historia, y de mucha mayor envergadura en su relación con lo real. Tiene tanto que ver con lo real como para que los sindicatos no hayan perdido un minuto en dejar claro que van captando el irritante mensaje. Fuera de la perspectiva sindical, y en una contemplación más bien melancólica de las cosas, no deja de ser paradójico el hecho de organizar un comité de sabios para arreglar la TVE, dirigida a su vez por una catedrática de la Comunicación, e interrumpir sus hondas cavilaciones sobre la cuestión para anunciar que a lo mejor hay que privatizar la cuestión. Es una de esas soluciones ante las que no hay más remedio que quitarse el sombrero para mejor poder llevar las manos a la cabeza. Toda la desopilante montaña de la Secretaría de Hacienda puesta a parir un ratón despellejado. Son medidas y sugerencias indudablemente espectaculares, con una cierta dosis de torpeza excusable por el embarazoso y resbaladizo parentesco ocasional de la torpeza con el alarde. Su alcance corre también el riesgo de lo ocioso. El control de las mezquitas puede cursar por los mismos derroteros que el conocimiento y control de la literatura didáctica, subvencionada, que circula o ha circulado por las ikastolas. Conocimiento y control que pueden incorporarse perfectamente al orden de cosas según el cual un museo planteado para la etnografía de lo rural se transforma en escenario para una pormenorizada muestra de manualidades y artesanías etarras. Siendo tan vasto el horizonte de las tomaduras de pelo, ¿por qué no entrar al control de las mezquitas e imames? Bastaría con colocar escuchas e informadores, espías o agentes de cualquier inteligencia -siempre que se acertara en el idioma de la escucha- para hacer lo mismo aunque sin molestar a nadie, sin herir susceptibilidades ni meter el dedo en tal cantidad de ojos que nos van a faltar dedos. Cabe, sin embargo, la posibilidad de que tal medida no exija otra cosa que un ajuste en la oferta y la demanda de nuestra tradicional amistad con nuestros tradicionales amigos los árabes, tradicionalmente árabes.