¡QUIÉN nos ha visto y quién nos ve! Antes, los miembros del Gobierno, cuando hablaban de precios, era para anunciar su descenso. Un precio que bajase, aunque sólo fuera en las estadísticas, había que lucirlo en el balcón y sacarlo en los telediarios: era un triunfo político. Ayer, en cambio, el vicepresidente Solbes, responsable político de la economía, se vio en la obligación de matizar el informe de la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico): no está previsto que haya un descenso «brutal» de los precios de la vivienda. Ni siquiera a medio plazo. Y eso lo dice, se supone, para tranquilizar a la opinión pública. Todos esperábamos un «tranquilos, que van a bajar». Pero el poder tiene que serenar los mercados con el mensaje alcista. ¡Ay, los ladrillos! Dirigentes que acabáis de llegar a los ministerios: tocad lo que sea, pero a los ladrillos dejadlos en su opulencia. Controlad el IPC, bajad la cesta de la compra, embridad la inflación, pero no se os ocurra hacer nada para que bajen los precios de los pisos. Por lo menos, de los pisos que ya están vendidos. Podéis promover viviendas de protección oficial, alquileres asequibles, casas baratas como hace años, pero España no os perdonará que eso repercuta en las viviendas que ya hemos comprado. No dejéis que se destruya ese signo de riqueza que distingue a las clases medias. En el escandaloso mercado del ladrillo conviven una fabulosa economía especulativa y un ejército de ciudadanos entrampados con sus bancos. La primera es una fórmula de enriquecimiento que atrae a inversores ricos y atrapa a ahorradores de medio pelo. En el ejército que menciono están millones de jóvenes que han unido su destino vital a una hipoteca que durará 25 ó 30 años, prácticamente hasta su jubilación. Unos y otros piensan que son potentados cuando llegan los datos de incremento de precios: un 15, un 17 por ciento anual. ¿Qué negocio proporciona esos beneficios teóricos? Y sin hacer nada. Sin madrugar y sin horas extras. No necesita talento, ni empleados, ni mentalidad de empresario. El ladrillo es una planta que crece sola, sin cuidados ni regadíos. ¿Cómo se le puede decir a toda esa gente que ese capital acumulado se le puede venir abajo en un vaivén del mercado? ¿Cómo se le puede decir a una pareja hipotecada que su piso puede valer menos en el futuro que el importe de su crédito? Sería una catástrofe nacional. Sería derrumbar el precioso castillo en que viven amplios sectores de la población. Sería convertirlo en un castillo de naipes. Y sería echar por tierra las bases de un sistema económico tan basado en el negocio de la construcción. Por eso hizo bien Solbes en salir al paso del informe de la OCDE. Le ha puesto un muro al fantasma del miedo.