De Grozni a Bagdad

| JOSÉ JAVALOYES |

OPINIÓN

09 may 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

LA MUERTE del presidente de Chechenia y 31 de sus acompañantes a manos del terrorismo islámico en la celebración rusa del aniversario de una importante victoria militar frente a la Alemania nazi da la medida del desafío en que permanece el separatismo checheno, hibridado con el radicalismo islamista. Es como el epílogo, para los terroristas que han dado muerte a Ahmad Kadirov, de la anterior guerra de Afganistán: librada por los musulmanes a los que la CIA arrastró a la Yihad, a la guerra santa, contra el sovietismo impío que ocupaba el ingobernable país de los patanes y otras etnias indómitas. Allí enfermó de muerte la URSS, pero también allí, en las puertas mismas de la Ruta de la Seda, nació como precio de lo mismo, el islamismo más radical del que se tiene memoria desde la irrupción de los almohades en la Historia de la España musulmana. Aquel Afganistán fue la levadura en la que ha crecido el pan amargo del terrorismo islámico, cocido después en el horno de los errores norteamericanos en el Oriente Medio. Y en aquel Afganistán lucharon chechenos contra la URSS. Luchan ahora en su tierra contra los rusos post-soviéticos. La masacre de Grozni puede ser, sin embargo, el empujón que necesitaba Putin para cogerse del brazo de Bush y enrolarse, como apoyo mayor, en la fuerza multinacional que debe custodiar la transición de los iraquíes hacia la propia soberanía, una vez que al acabar junio entregue la coalición angloamericana el poder a un Gobierno puente que prepare las elecciones libres. Putin, no se olvide, había dicho hace nada que Irak es un «nido de terroristas». Si este Kremlin da el paso al frente, tras del atentado de ayer, además de descolocar el tablero francés sobre el Oriente Próximo (Alemania no sería insensible a un hecho así), vendría a demostrar que si la política es capaz de hacer extraños compañeros de cama, la historia de hoy puede convertir la política de ayer en un genuino revolcadero.