UN SERVIDOR reconoce tener cierta simpatía por Rodrigo Rato. De forma especial desde que supo de los cuatro bocinazos, eso sí telefónicos, que le propinó al profesor asociado de Georgetown, días antes de que decidiese la sucesión. Cuentan que Rato, sin reparar en la presencia de periodistas, colocó al ex presidente en su sitio. Ahora Rato ha puesto tierra de por medio. Ha huido de la quema tras el fracaso electoral de su partido. Se ha alzado con la dirección del FMI, un puesto de gran trascendencia para la economía mundial, logrando un reconocimiento a su labor al frente de nuestra economía. Pero el español tiene ante sí una difícil misión que no va a depender únicamente de su gestión y buena disposición. Ignacio Ramonet gusta de situar al FMI en el eje del mal , junto al Banco Mundial y a la OMC. Por entender que no beneficia el desarrollo de los países más débiles. Y es cierto que, controlado por los poderosos, el Fondo, aunque se define neutral, no realiza la política que fuera deseable para equilibrar nuestras sociedades. Los países en desarrollo se han apresurado a solicitar un mayor peso de la institución. Pero es difícil. Por no decir imposible. El banquero benévolo está atado de pies y manos para llevar a cabo una acción que equilibre las desigualdades que nos amenazan. A lo largo de su historia ha dado muestras de no entender el drama de la pobreza. Y así seguirá. Por eso Rato va a precisar de toda su sapiencia para dirigir un organismo que a estas alturas está completamente desacreditado. Su perfil de gestor equilibrado no le va a ser suficiente para afrontar el reto de los desequilibrios. Pero uno celebra que haya huido de la quema. Aunque sólo sea por haber tenido la suficiente personalidad para darle cuatro bocinazos al caudillo. Porque a día de hoy, ningún otro se atrevió a hacerlo.