DURÁN LLEIDA, el secretario general de CiU, le ha dicho al ministro del Interior, después de contar que va a vigilar a los imanes, que «en los países serios esto se hace y no se dice». Los democristianos son así, e ignoran que en política, como en algunos amores, lo que no se cuenta no tiene encanto. Tuvo que ser una gallega prudente, Elena Espinosa, la que se diera de bruces con un serio obstáculo, inmediatamente después de que Bono hiciera una toma de posesión como si fuera Cine de barrio , de la Primera. Espinosa salió K.O. y sólo se recuperó de milagro y cuando ya hacía rato que habían tocado la campana. Los demás han conseguido salvarse porque, dígase lo que se diga, los medios de comunicación en general están teniendo un respeto excepcional hacia los elegidos de Zapatero; un respeto que se pueden merecer, si acaso, desde una generosidad extraordinaria, por los cien días de tregua, pero no por el comportamiento que mantienen. No fue pequeño el error del solemne anuncio de la reducción del IVA cultural, después del cual la ministra ha guardado un evidente silencio, que quizá no tenga por qué continuar hasta que la Comisión Europea apruebe su deseo , pero no sería malo que fuera prolongado. El del ministro Alonso es el caso más singular. Sale a pifia por jornada, después de volver a militarizar la cúpula de la Guardia Civil e insinuar que por abajo no se desmilitarizará nunca. En su penúltima aventura, de control de los imanes en las mezquitas, ha conseguido el récord: que casi todo el mundo se manifestara contra él, incluyendo sus antiguos compañeros de Jueces para la Democracia, que le advierten que pisa en falso, bordeando la constitucionalidad. Y para colmo, nos quiere hacer creer que un mando único no unipersonal para Guardia Civil y Policía Nacional es lo prometido. Me temo que ni Dios ni Pablo Iglesias han llamado a Alonso por el camino de la política. Ojalá él mismo y el presidente Zapatero lo descubran cuanto antes.