Grándola

| RAMÓN PERNAS |

OPINIÓN

SUCEDIÓ hace treinta años. Abril abrió a la brisa de las mañanas todas las ventanas de Lisboa. De par en par se franquearon las puertas de Portugal y se desperezó, se despertó la libertad secuestrada. Era abril, día 25, hace treinta años. El tren salió de Madrid a media noche. El convoy viajaba del país de la dictadura a las tierras de la libertad. Yo iba en ese tren cabalgando la Meseta. Más bien parecía una excursión del paso del Ecuador -eso le dijimos a la policía- de un par de cientos de estudiantes utópicamente comprometidos con la restauración democrática. No voy a ahorrarme tópicos para contar que el tren era una fiesta y el destino, Portugal, a últimos de abril, Portugal de todas las primaveras, estación términi de la penúltima de las tiranías. Y la mañana amaneció lluviosa en la ciudad. Era un clavel y un abrazo, florecían palomas mensajeras en las caricias y sólo un idioma bastaba para entenderse, era el viejo y solidario lenguaje de los hombres libres que no ponen fronteras a los afectos. Terra da fraternidade , y Zé Afonso era un himno reventando en todas las gargantas. Lisboa, vieja amiga, paseada de nuevo, liberada, y la lluvia golpeándome la cara, lluvia esperada que siempre llegas cuando se te aguarda. Y aquel aroma que aún persiste perfumando la ciudad refundada en todas sus calles, en las plazas perezosas, indolentes, plazas habitadas por un tiempo nuevo, y Pessoa desandando todos los paseos, escribiendo un largo poema con espray por las paredes, y Teixeira de Pascoaes pregonando a quien quisiera oírlo que «Não somos irmãos, somos os mesmos» . Lisboa como un fado que ponía telegramas a todas las chancillerías de una Europa sorprendida: la ropa tendida, banderas al aire, aquel aire recorrido por Amalia en un estremecimiento. Y la luz que nos rescataba y redimía, la luz lisboeta de abril y de mayo, como de domingo de Ramos y de estreno, de hosanna civil y de coplas proclamadas. La luz en la memoria, cegándome, prendida para siempre en la retina, la luz coqueta y embriagadora de Lisboa, faca abierta restallante contada por Manolo Rivas. Luz caliente de leche recién ordeñada, fuente limpia, Lisboa recuperada. Y José Luis y Vidal y yo mismo. Ya nunca podremos olvidarlo, que es bien cierto que o pobo e quen mais ordena , en todas las tierras donde existe la fraternidad. Y abril florecía en los claveles que brotaban en los cañones de los fusiles, y la revolución era como siempre un espejismo, cuando aún no se había inventado la realidad virtual. Y la Península se abrió en dos tajos invisibles, y pasaron treinta años, y continuamos espalda contra espalda, tan cerca y cada vez más lejos y Grándola no se grabó en los nuevos cedés de todas las democracias políticamente correctas y cinco años después España se regaló el milagro de la libertad. Tenía entonces poco más de veinte años, tenía por aquellos días un fardo de ilusiones novicias, creía incluso en el escepticismo intelectual, y proyectaba una fe ciega en el hombre. Llamaba a los amigos camaradas y compañeros, y no había recibido todavía ninguna de las cuchilladas del desafecto personal y político. Treinta años después soy trescientos años más viejo y me cuesta creer que en el rosario de los días no sigue vigente aquella canción igualitaria, aquel Grándola vila morena que llenó de esperanza todos nuestros sueños de juventud, los rotos sueños de nuestra ingenua y torpe juventud.