LA TENDENCIA de nuestros líderes políticos a utilizar el presupuesto (local, autonómico o central) como si se tratara de su chequera personal parece ya, a estas alturas, completamente irrefrenable. Muchos alcaldes reparten parques, asfaltados o verbenas en función de la lealtad partidista de sus beneficiarios potenciales. Los gobiernos autonómicos suelen distribuir las subvenciones locales teniendo a la vista el color político de los ayuntamientos respectivos. El gobierno del Estado, en fin, actúa también con frecuencia con criterios clientelares e imputa el presupuesto a lo largo y ancho de la geografía nacional a partir de meras consideraciones de interés electoral. Esta práctica política viciada, que hace del dinero que sale del bolsillo de todos los ciudadanos españoles una especie de pan de los votos , es no sólo socialmente injusta y económicamente ineficiente, sino además muy poco presentable desde el punto de vista democrático. Pese a ello, tal práctica ha acabado calando en la opinión pública española, parte de la cual la considera ya del todo natural. Los diversos avatares por los que ha ido pasando el Plan Galicia son un buen ejemplo de la normalidad con que hemos asumido finalmente lo anormal: que quien tiene el presupuesto puede hacer con él lo que le pete. Y ello hasta el punto de que a los dirigentes de los dos grandes partidos de Galicia sólo les ha faltado afirmar respecto al Plan lo mismo que Luis XIV proclamara repecto del Estado: « L'État c'est moi » («El Estado soy yo»). Es cierto que ni antes los dirigentes del PP, ni ahora los dirigentes del PSOE, han dicho literalmente « le Plan c'est moi », pero lo han dado a entender al afirmar que la realización efectiva de las previsiones de inversión establecidas en aquél dependían de cómo les fuera a los unos o a los otros en las urnas. Touriño lo manifestaba hace unos días: «Eu son o garante do Plan Galicia». Mientras, los dirigentes del PP lo habían repetido hasta el cansancio durante la pasada campaña electoral: si Rajoy pierde, el Plan Galicia se quedará en agua de borrajas. Desmintiendo el mal augurio, Touriño acaba de anunciar el compromiso del Gobierno con el Plan, lo que no puede ser sino motivo de alegría para todos los gallegos. Alegría que se vería incrementada si Zapatero proclamase en su próxima visita a Galicia lo que cabe esperar de su prometido nuevo estilo: que el Plan no es el resultado de un regalo generoso del Gobierno socialista, sino la plasmación política de un auténtico acto de justicia. Es decir, de un acto de resarcimiento histórico tras decenios de políticas basadas en el olvido de un país que carecía de capacidad de presionar.