El oro y el moro

| JOSÉ JAVALOYES |

OPINIÓN

25 abr 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

HASTA el siglo XVI, con la llegada de los metales americanos, el oro que venía a España desde el fondo de África lo hacía principalmente por la antigua Tingitania romana. Otras cosas llegan ahora desde allí: emigración sin control, ébano humano traficado por las mafias, a través del circuito de otras caravanas. Y, trufado con ello, el terrorismo, inicialmente nutrido con otro oro, el petróleo, y el integrismo islámico recalentado en las madrazas del wahabismo: las novísimas refinerías del odio contra Occidente. Pero es que, a su vez, después de la guerra de Irak, el terrorismo se trufa de nacionalismo. Es lo que faltaba en Marruecos a sus potencialidades más negativas: esas sin control, a la par que manipulables. El terrorismo islámico se mueve a favor de corriente, a caballo ahora de los sentimientos nacionalistas. Por eso no sólo hay que combatirlo, en la cooperación hispano-marroquí que está en la agenda formal del encuentro de Estado en Casablanca, con las necesarias medidas policiales, sino también en el discurso político general: dejando en paz, por allí, las claves nacionalistas de siempre. El irredentismo oficial -a propósito del Sáhara, o de Ceuta y Melilla, o de ambos a la vez- ha sido como el hachís ideológico que se ha repartido entre las masas para la ocultación estupefaciente de las injustas y duras realidades sociales. Después de lo sucedido el 11-M es claro que el nacionalismo, cargado de islamismo, se incorpora a las ideologías de destrucción masiva. Esa droga es incompatible con la modernización de Marruecos y con la normalización efectiva de su relación con España. En contra de lo más conveniente, el problema puede estar en que el entorno de Miramamolín haya creado unas expectativas infundadas por causa de la condición amable y risueña de Rodríguez Zapatero. Y lo mismo pudiera ocurrir con las percepciones francesas por el relevo en la Moncloa.