HASTA LOS AÑOS sesenta del siglo pasado, cada clase social tenía un sentido estético diferenciado, con una clara dicotomía entre el gusto burgués y el popular. Tras un lapso de cierto vacío, se verificó un cambio sustancial. La posmodernidad introdujo el individualismo y la atención a una creatividad personalizada, más que nuevas corrientes estilísticas. En este proceso se ha democratizado, por así decirlo, una estética que se ha difundido transversalmente en la sociedad, tanto por la vía de la experimentación como por la imaginación y la innovación. La industria del automóvil, partiendo de la investigación -estabilidad, seguridad, aerodinamismo-, pone en el mercado modelos muy interesantes y audaces que el público ha admitido como una imagen de consumo ampliamente extendida. A su vez, en la industria de la moda, que basculaba entre la alta costura y el corte y confección, la primera se ha adaptado hace tiempo al mercado del prêt-à-porter y a medio camino han aparecido creadores y empresas con un estilo propio. Deslocalizaciones aparte, se ha creado una nueva tendencia de vestir, interclasista y mayoritariamente aceptada porque es bonita, cómoda y asequible. Unas formas tan personales como las del coche y el vestido se han renovado, demostrando que es posible abrirlas ampliamente a todos los públicos y divulgarlas sin banalizarlas. Y lo mejor es que el consumidor no sólo es receptivo, sino que las ha hecho suyas. Salvando todas las diferencias, no podemos decir tanto de la vivienda. En estos días de interés político y de novedades empresariales en el sector inmobiliario, he estado atento a las citas en torno a la calidad arquitectónica del producto vivienda y a su repercusión en la buena construcción de la ciudad. Se sigue hablando de la imperiosa necesidad de hacerla asequible y de su incidencia en la economía del país, objetivos y datos importantes, sin lugar a dudas, pero compatibles con la innovación, de la que apenas se habla. El sector inmobiliario tiende a hacer una construcción sólida, incorpora la domótica y empieza a preocuparse por el ahorro energético, pero quizá por efecto de la rapidez en la producción, o por una especie de funcionarización de equipos propios, la realidad es que la mayor parte de lo que se construye parece clónico, como si fuera para la misma ciudad, el mismo solar y para personas con las mismas necesidades. Mientras tanto, el ciudadano sigue con esa vocación escondida de arquitecto, con una tendencia a cobijarse en lenguajes y formas del pasado, en la misma medida en que un amplio segmento del sector inmobiliario recurre al revival arquitectónico. Si Galicia está bien situada en el ránking mundial de la moda y la automoción, por qué no aspirar a una renovación de la construcción de viviendas en lo relativo a la diversificación de la oferta funcional, en la valoración y la adecuación a cada lugar, en un buen planeamiento que la sustente y, consecuentemente, en su lenguaje formal. En una palabra, por qué no intentar dar un paso a la modernidad sabiendo que, al igual que ha sucedido con la ropa o con el coche, el ciudadano ha mostrado una buena predisposición a acoger lo nuevo. Llevaría más tiempo, pero la sencillez reduce costos y da imagen de marca, que también se vende.